Bendito cuerpo, II

Aug 30, 2026

Tenía planes varios para esta mañana, bien funcionales y concretos, pero llegas tú con tu imperiosa necesidad y arrasas con ellos. Ni planes, ni haceres, ni avances. Nada que no sea descanso, silencio, entrega, me dices. Te abres paso imponente. ¡Qué poder tan implacable el tuyo!

Vuelvo a la cama después de tres horas de actividad. No encuentro la postura. En parte porque mi mente se resiste a quedarse en horizontal: «tienes todo esto que hacer, vas a quedarte rezagada, y tienes que salir a esta hora si quieres llegar a tiempo pero antes tienes que…»

¡Cállate, por favor! ¡Quítate de enmedio! ¿No ves que estoy dolorida, cansada, que no he dormido bien? ¿No ves que necesito parar un poco y dejar de pensar, estar tranquila y en silencio? Deja de interferir. Date un respiro tú también. ¿No estás agotada?

Sí que lo está, aunque le cuesta reconocerlo. Agacha la cabeza y se da un punto en la boca. Me concede una tregua que aprovecho.

Me entrego a mi peculiar escáner corporal y casi antes de empezar me asaltan unas ganas tremendas de llorar. Lloro mientras escribo y no veo bien las letras pero sigo escribiendo y llorando a la vez. Con la mirada líquida busco un pañuelo, me limpio los mocos, respiro profundo. Conecto con calma. «Sí, pero tienes que llorar más aún» me dice mi voz interna. Llorar es una manera muy saludable para mí de soltar. Y no me supone esfuerzo alguno, asequible como está en cualquier momento. Vuelvo a respirar aliviada al ser consciente de esto. Llorar es un gran recurso. Respirar también. Me quedo aquí un rato, atenta, entregada.

De pronto percibo que mi corazón parece latir más fuerte que de costumbre. Cierro los ojos unos instantes para escucharlo mejor… Me habla del ciclo de la vida y del ritmo de mis ancestras. «El salto cualitativo se da con la aparición de la consciencia«. Puede ser, le digo, ignorando de dónde viene esta y otras ideas que aparecen de manera aleatoria y que tienen una cualidad diferente a las que genera mi mente pensante.

Dejo todo esto estar y aprovecho para observar a mi cabeza y esa extraña sensación de pesadez o aturdimiento, de llevar adherido un cierto velo a través del cual percibo la vida nublada. Me falta nitidez. Me doy cuenta ahora. Hay luz de sobra, el color está acertado, el contenido. Pero falta nitidez. ¿Cómo retiro este velo? ¿Puedo? ¿Quiero? Porque veo que le imprime a todo cierta atmósfera misteriosa, romántica, casi irreal, y eso me gusta. «¿Te gusta lo irreal?» Me gusta perderme en la fantasía, no siempre, no todo el tiempo, a veces… Es divertido. «Sí, y mentira«. También.

Siento un bloqueo en el pecho, pasada la garganta y antes del corazón. Hay una zanja en mi pecho seguida de un muro. ¿Quién ha levantado esto y cuándo lo ha hecho? Creo que se erigieron solos hace un rato mientras tenía esa conversación telefónica. «Te has puesto en alerta, que no a la defensiva, por si tenías que protegerte. Hay peligro en eso en lo que andas, ya lo sabes, y tu sistema nervioso entra en acción. Hace lo que sabe«. Qué prodigio… Sonrío. Le doy las gracias a mi laborioso sistema nervioso y le pido disculpas por tenerlo tan activo, por darle trabajo extra. Me dice que es su razón de ser. Y entonces veo que el bloqueo se va relajando.

Bebo agua. Necesito líquido. Hace calor. Estoy llorando, moqueando, sangrando… Quiero estar hidratada. Mi cuerpo asiente y me lo agradece. Mi cabeza aplaude. El agua la calma. Se extiende por todo mi organismo con una sabiduría exacta, cada parte tomando lo que precisa. El calor interno baja cuando bebo y una sensación generalizada de frescor y serenidad se asientan en mí.

Mi vientre, mis lumbares se muestran doloridas. Me estiro en un sentido y en otro, como me piden, para aliviar la inflamación, para aflojar la tensión. Exhalo y dejo salir mi voz. Un gruñido, un gemido, un suspiro… Soy un animal afligido, una hembra mamífera tomada por su naturaleza instintiva. Sacar la voz y escucharme consuela tanto como llorar, como estirarme. Oigo mis sonidos y me reconozco a través de ellos. Esta soy yo y estoy aquí, estoy viva. Qué prodigio…

Pongo la atención ahora en el bulto que hace unos días afloró por sorpresa. La molestia primero, dolor después, la hinchazón finalmente, agrandándose durante varios días hasta que comenzó a encogerse. Como una flor. Igual. El miedo me asaltó al principio, como siempre me pasa: «vamos al médico, puede ser grave, tal vez un tumor…» No, un tumor no es. Un tumor no aparece así de pronto, creciendo y decreciendo a ese ritmo.  «¿Qué sabrás tú? ¿Eres médico acaso?» No soy médico, soy la mujer que me habita desde que nací hace cincuenta y un años, y llevo en mí generaciones completas de mujeres y hombres sabias. No voy a ir al médico, no todavía. Visualizo la red de músculos, ligamentos y tejidos que conforman esta vigorosa parte de mi femenina anatomía y sospecho que sea un pequeño quiste o tal vez me he lesionado. Han sido días de mucho movimiento físico, de intensa actividad corporal y psico-emocional, de ejercitarme con apasionamiento. Mi cuerpo está reparándose. Solo necesita tiempo. Si la inflamación no desaparece, si duele de nuevo empeora, entonces iré al médico. En unos días.

Sosiego…

Silencio absoluto…

Quietud…

Presencia…

Mi cuerpo es Maestro en presencia.

Río al reconocerlo. Con tanta claridad puedo verlo y sentirlo ahora…

Cierro los ojos. Voy a dejar de escribir. Quiero abrazarme, acariciarme y mimarme.

Voy a estar conmigo y en mí. Un rato.

Toda la eternidad.

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