Cuando llega este momento del año en nuestro hemisferio y en esta tierra mía plagada de luz, siempre tengo la misma sensación: ¿qué he hecho con mi verano? ¿A dónde ha ido a parar? ¿Cómo pasó de nuevo tan rápido si empezó ya allá por mayo?
Mayo… Entonces comienzo a rememorar lo que he vivido desde mayo: la vuelta a casa tras un invierno ausentes, los cumpleaños y celebraciones en familia, un enlace civil, una despedida de soltera, fiestas, paseos al sol, playa, piscina, sobrinos, terapia, escritos, creatividad expandida, danza, encuentros con hermanas del camino, lecturas, retiro, auto-indagación, música… Ha pasado mucho, he vivido mucho y precioso desde mayo…
Y sí, este verano extendido, porque empieza en primavera y termina casi a mitad del otoño en esta bendita y luminosa tierra, va llegando a su fin una vez más. Sigo saliendo a caminar cerca del mar para empaparme de la calidez del sol y la frescura de la brisa en las mañanas. Sigo sumergiéndome en las aguas del mar-medicina que bordea mi línea de costa. Sigo disfrutando de esta flecha de verano todo lo que puedo porque me encanta y me llena de vida.
Hay un punto de nostalgia en mí cada año en estas fechas, un no querer que acabe este verano largo. Quisiera vivir en un verano infinito, en algún lugar donde no sea preciso ponerse abrigos, ni bufandas de lana, ni usar calefacción. Un lugar donde la luz estival y el impulso a estar afuera prevalezcan sobre la oscuridad y el quedarse adentro.
Hay muchos lugares así en el mundo, lo sé. Pero allí no está mi hogar, ni tampoco la gente a la que amo. Por eso, de momento al menos, me quedo en esta tierra mía, a medio camino entre los dos mundos y más cerca del verano casi eterno, preparándome también para recibir agradecida al otoño cuando llegue, comenzando ese camino de vuelta hacia adentro que anticipa al invierno que está por venir, confiando en poder estar viva un ciclo completo más.
Aún no se ha acabado éste y sí, pronto será verano otra vez y siempre es verano en algún lugar.

0 Comments