Cuando apareciste yo no sabía que se me iba a abrir así el pecho y a ensanchar el corazón.
Llegaste asustado y hambriento, inquieto y ansiando confiar. A pesar de nuestra torpeza, de mi impaciencia, de mi rigidez, algo valioso debimos ser capaces de hacer para que decidieras quedarte. Y esa decisión, que fue tuya, nos cambió para siempre.
Yo no sabía que podía amar tanto a alguien que no era de mi sangre. A alguien en principio tan ajeno a mí. Y tú me has enseñado que el amor está por encima de los genes, de las diferencias y de los pelajes.
Ahora sé que puedo entender un lenguaje sin haber aprendido la gramática; que ningún ser vivo me es ajeno; que todos buscamos amor y cobijo; que la presencia nutre como nutre el alimento; que tú me das tanto (si no más) de lo que yo te doy a ti…
Gracias, queridísimo del alma, por dejar que me siente a tu lado en el jardín para aprender a mirar la vida desde el fascinante prisma de tus ojos cambiantes. Gracias por sentarte tú a mi lado y traerme tierra y libertad.
Te quiero infinito, Mau.

0 Comments