Ánimus

Sep 13, 2026

Sueño con un hombre fascinante. Un hombre de unos sesenta años, estudioso, académico, un hombre de acción al frente de una empresa relevante. Un hombre cercano y juvenil, alegre, inteligente, atractivo, sencillo, entusiasta. Un hombre con cierto aire de irreverente descuido en su aspecto personal porque se sabe libre y no precisa dar imagen de nada en ningún sitio y ante nadie. Un estudioso que alberga a un filósofo que abraza a un joven rebelde y a un niño vital y curioso. Un hombre feliz que ríe abiertamente y muestra su enfado, que se interesa y lo exterioriza, que abre las puertas de su enorme y luminoso despacho a quien tiene algo que contarle. Me las abre a mí. Parece que nos conocemos algo de antes, un poco, un encuentro que sucedió de forma casi fortuita, donde le conté, me escuchó y conectamos. Por eso estamos ahora aquí, nos ha invitado a mi compañera y a mí a presentarle algo hermoso que andamos creando.

Entro con mis carpetas y cuadernos de notas acompañada de esta amiga de infancia (en realidad hace mil años que no nos vemos y doscientos que no sé nada de ella) para traerle esta propuesta en la que creemos con apasionamiento. Ella aporta el conocimiento técnico (es ingeniera), yo la semilla del sueño, la poesía y el envoltorio. Parecemos dos veinteañeras recién salidas de la facultad, tal vez lo somos, con tremenda ilusión por darle forma a lo que ideamos y que aún no sabemos cómo materializar. Ahí es donde este hombre entra en juego.

Está atento a nuestro discurso y a la vez parece distraído, preocupado por algo externo que ejerce cierta presión sobre sus sienes. Desvía la mirada en varias ocasiones a través de las paredes de cristal de su posmoderno y transparente despacho. Afuera hay muchas personas atrapadas en su dinámica de trabajo, como hormigas. Toda aquella estructura me impresiona hasta cierto punto. Estoy movida por una ilusión y una certeza muy vitales que no le dejan espacio al miedo, a la vergüenza o al ridículo.

Él escucha, se interesa, nos pone en valor y sin demasiada etiqueta se levanta emplazándonos a otro encuentro. Nosotras salimos algo extrañadas pero agradecidas y más entusiastas aún respecto a nuestro proyecto.

Estamos a punto de entrar en uno de los múltiples ascensores que atraviesan el edificio para bajar a tierra firme cuando este hombre adorable y deslumbrante aparece apresurado, casi corriendo, acercándose a nosotras. Yo sonrío al verlo. Me encanta cómo irrumpe en este zaguán de nuestra realidad. Nos pide disculpas por no haber podido atendernos como merecemos y nos dice que sí, que su respuesta es un sí, que contemos con él y con la estructura que él representa, que aunque no todos lo ven como nosotros él nos va a apoyar y a promover.

Lo siguiente que sucede casi no es ya parte del sueño. Simplemente lo veo caminar por un terreno desolado, tan dueño de sí y tan natural como lo hace en su despacho de quinientos metros cuadrados. Un currante de campo, que se maneja en cualquier escenario con prestancia y determinación. Lo miro desde mi butaca de soñante y me digo a mí misma: yo podría enamorarme hasta el fondo y para siempre de un hombre así. Y esa sensación tan poderosa cierra una experiencia onírica que se me queda grabada y que recuerdo perfectamente horas después, tras haber seguido durmiendo y haber completado tareas varias durante la mañana.

Me siento aquí a registrarlo por escrito y conecto con rubor, con excitación y con tristeza.

Esperanza e irrealidad…

Anhelo y fantasía…

Deseo y frustración…

¿Qué información relevante para mi presente trae este contenido de mi inconsciente?

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete

Para recibir mis publicaciones por email.