¿Para quién bailas tú?

Ago 23, 2026

No recuerdo en concreto el contexto en el que me dijiste hace unos días «tú bailas para ti» casi como un reproche que no terminé de entender. Pero esa frase se quedó flotando en un lugar accesible de mi memoria, me hizo cierta gracia y ha despertado mi curiosidad. Por eso la sigo y tiro de ella, como de un hilo que va a desenredar algo.

Por supuesto que bailo para mí. Para expresarme y soltar, para acceder a la dicha y el gozo que me trae mi cuerpo y el movimiento en libertad. Danzo para ser. Y por encima de eso voy a confesar algo que, aunque me despierta pudor y no he revelado hasta ahora, es tan cierto como que respiro: yo bailo para Dios.

Puede que suene grande, enorme, arrogante, pretencioso pero es la verdad última y el sentido de todo lo que hago y lo que soy, incluida la danza. Mi danza va dirigida y se la dedico siempre a este Dios mío que me habita y que me lo ha concedido todo, que me mira siempre con limpios ojos de consagrado enamorado. Y no necesito ser técnica, profesional ni perfecta en mi danza. Solo preciso ser y ofrecerme así.

Hay una diferencia de grado entre danzar simplemente para mí o para mis iguales, lo cual es bello, y hacerlo para este Dios mío que es fuente infinita de amor y belleza. El ardor me toma y ejerce milagros en mí, en la percepción que tengo de mí misma y de la vida, en la libertad que me invade, en la emocionada excitación que enciende mis células y el entusiasmo que me recorre. En la honda sensación de júbilo que me eriza la piel y me conduce a un llanto devocional y agradecido por saberme continente de tantas bendiciones.

Entonces todos mis iguales son emanaciones de Dios, todo lo que me rodea es una extensión de su esencia. Entonces no hay lugar para la crítica, el juicio o la separación puesto que lo percibo todo como una armoniosa unidad, gracia, intacta, sin tacha, sin falta, perfecta.

Así que más allá de danzar para mí, digna creación del Creador por excelencia, danzo para la Divinidad absoluta, que en absoluto es un padre ni ostenta el trono de lo masculino. No. Mi Dios no tiene género ni ejerce el rol de un progenitor. Mi Dios es rayo fulgurante de luz y pozo insondable de amor. Y su incandescente adoración por todo reduce a cenizas lo que no es real. Mi Dios es pura vibración de vida en acción y vivir a su lado en contacto con la devoción que me ha insuflado me coloca en un escenario de significativas implicaciones.

Danzo para un Dios que me ama, que me adora, que se maravilla por mi sola existencia, por la tuya, que quiere lo mejor para nosotras. Un Dios ilimitado sin forma y sin fondo que está en todas partes cubriendo de gloria todo lo que existe.

Si hay fealdad o miseria en este mundo no es obra suya sino de quienes no sabemos cómo expresar mejor la grandeza que nos ha concedido, perdidas como estamos a veces en el portentoso camino de seres creadores libres que su superior inteligencia nos ha otorgado. No sabemos qué hacer con este poder. No logramos desplegarlo a favor. Dios no es responsable de las guerras, los asesinatos y los actos de injusticia que los humanos cometemos. Tampoco de los movimientos que nuestro planeta genera y que el universo entero motiva. Dios es la verdad primigenia que subyace a todo eso. Nos da la libertad de ser y luego nosotras seguimos nuestro propio curso creativo. Generar una realidad u otra depende por completo de quien la acciona.

Hace unos días escuchaba una conferencia de alguien que siento no poder recordar porque dijo algo que me divirtió mucho y que me encantó: si de verdad existe el diablo, ¿para quién trabaja? Pues trabaja para Dios. Claro q Dios creó también al diablo, como hizo con nuestra humanidad, nuestro planeta, el sistema solar… Lo creó todo y le confirió a su vez la capacidad de crear.

¿Eres consciente de tu poder, de tu capacidad creativa y creadora? ¿Sabes que puedes destruir y también construir y que puedes hacerlo con un gesto, con una mirada, con un acto, con una palabra…?

La clave está no ya en si creemos o no en un Dios con tales o cuáles atributos (cree en lo que quieras o en lo que puedas, tú decides) sino en qué creamos con el poder que tenemos. ¿Creamos gloria bendita o generamos miseria y desolación? ¿Somos portadoras de la llama ígnea del amor o aniquiladoras de la vida y la belleza? ¿Honramos nuestra divina naturaleza o renegamos de ella?

Vivirnos como seres celestiales con nuestra humana imperfección prendida cambia el tono y el color de nuestra existencia, su sentido. Podemos o no creerlo. Podemos o no crearlo. No es un asunto de humanas y limitadas creencias. Es la realidad primigenia.

Yo bailo para un Dios que se deleita en mi danza conmigo y me colma con su mirada de encendido amor e insondable gozo. Y esta consciencia lo cambia todo para mí. No es algo que creo. Es un rayo que me toma y me recorre transformándolo todo con su haz de cálida luz. Y esto me lleva a experimentar una dicha inmensa. El regalo de ser, de existir, de estar viva aquí y ahora en este prodigioso escenario.

Ahora dime, ¿para quién bailas tú?

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