En esta era digital de sobre estimulación y exceso de contenidos yo me declaro analógica y arcaica, ajena a este frenesí electrónico y contraria en parte a lo considerado como evolución, pues para mí en algunos aspectos esto supone un retroceso más que un avance.
Me da mucha pereza este escenario general en el que estamos inmersas.
Me cansa la excesiva oferta de plataformas, canales y medios, también las series, con sus varias temporadas y sus veinte o sus doscientos episodios. Prefiero sin dudarlo dos o tres horas de una película que me interese, sumergirme en ella, dejar que me impregne, salir y seguir.
Me angustia el formato ‘reel’, esos mini vídeos, a menudo acelerados, que bombardean ideas, propuestas, que cortan y pegan para ofrecer una píldora de un minuto con subtítulos, música de fondo, ruiditos agregados y caretos de los protagonistas. Elijo en cambio podcasts y entrevistas de extensión donde se crea espacio para dialogar en profundidad, sin sacar intervenciones de contexto, reflexionando, preguntando y respondiendo con libertad y sin restricción por formato.
Nada como un libro al sol con mis bolígrafos de colores al lado. Nada como tocar las páginas, releer los párrafos, parar cuando necesito y generar silencio en mi mente para permitir que eso que he leído me atraviese y se instale en mí.
No me interesan ya las redes sociales. El bombardeo constante, la exposición a publicidad y contenido marcado por un algoritmo que me lee como producto y me trata como tal me exaspera. Lo percibo como ruido, me resulta molesto, me siento agredida por tanta incitación a hacer clic, a mirar, a comentar.
Nada como una conversación cara a cara, mirarnos a los ojos, percibir la emoción y la vibración cuando llegan. Nada como estar en presencia con alguien, escuchar sin prisa y con tiempo, lanzar preguntas y recoger las respuestas. Permanecer en silencio, en actitud contemplativa, apreciando los estímulos naturales de esta Vida que es puro prodigio.
Nada como sentarme con mi libreta y mi pluma lanzando mis pensamientos al papel en blanco, ordenándome a través de la escritura manual y de los perfiles que mi mano traza con la tinta, dándome estructura y abrazando todo lo que surge sin censura y sin restricción alguna.
No reniego de la tecnología. Soy consciente del servicio que nos presta, que a menudo nos facilita procesos y que está aquí para quedarse (si es que esto no revienta por algún sitio). Hablo del exceso y a menudo de lo innecesario que se me hace estar en ello, de la pereza que me da y de lo que a menudo echo en falta el hablar directamente con personas en lugar de acudir a la pantalla y el teclado.
Y si a mí me cuesta a menudo esta inmersión obligada, imagino cómo será para personas mayores o con limitado acceso al conocimiento tecnológico. Se quedan varadas en un limbo que las aísla y las despoja de esa sensación de pertenencia necesaria para experimentarnos con seguridad. Esto es feo y además una injusticia.
Yo no sé qué podríamos hacer mejor o al menos diferente, cómo revertiríamos este flujo loco e infame que nos amiga cada vez más con las máquinas y dispositivos y nos aleja de nuestros iguales. Ya si eso te mando un audio de voz en lugar de quedar a pasear contigo, no vaya a ser que me contagies algo, que me canse de escuchar tus asuntos, que tenga que sacar los míos o peor aún, que no quiera exponerlos y tú los intuyas.
Tenemos que seguir saliendo a las plazas, a las terrazas, a los parques y playas, y dejar los móviles en casa o al menos en el bolsillo. Tenemos que seguir reuniéndonos en torno a una mesa o alrededor del fuego, para compartir viandas, músicas, danzas y sueños. Tenemos que acudir al cine, al teatro, a los conciertos en directo, mejor aún en compañía, conectar con otros a través de las diferentes vías de expresión con las que cuenta el ser humano para mostrarnos su mundo interior.
Tenemos que mantener viva la llama tribal. Es nuestra naturaleza, el hogar del que venimos. Nuestro origen. Comunidad es lo que somos. El pueblo humano. Hecho de tejidos y fluidos, habitado por historias y anhelos, hermanado con criaturas animales, vegetales y minerales, como siempre, en comunión.
Conviene recordarlo en estos tiempos. Conectar es otra cosa y hemos sabido hacerlo siempre. ¿Te acuerdas?

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