No es verdad que hay que estar en redes para existir. Ya somos, sin tecnología, flotando en mitad del mar, conquistando el pico de un monte, abrazadas a la persona que amamos o compartiendo con nuestras iguales lo que tenemos para ofrecer.
Tampoco es cierto que tengamos que vacunarnos de la gripe cada año, ni acudir al médico para que nos revise y nos recete unas analíticas que no necesitamos. Ya lo visitaremos cuando nos encontremos mal, cuando haya un dolor o un síntoma que no cesa, tal vez también cuando otras vías no hayan surtido efecto.
Es mentira que Hacienda somos todos. Las desigualdades y los privilegios afloran en cuanto rascamos un poquito y el Sistema ejerce un abuso demoledor sobre todas nosotras, aunque sobre algunas es, a las claras, más obvio.
Por supuesto es falso que debemos ir a votar a los democráticos comicios, que sea nuestro deber como ciudadanía. Nuestro deber es cuidarnos y cuidar nuestro entorno. Con esa premisa de base ya lo tendríamos todo.
La mayoría de quienes se dedican a la política no nos representan sino que se representan a sí mismos y a sus intereses. La ausencia de liderazgo real es sangrante. Poner nuestro bienestar en manos de esta jauría de oportunistas es demencial.
Pagar con el móvil no supone tal avance. Más bien es un retroceso. Basta con un corte de electricidad o un fallo del sistema para quedarnos sin acceso a nuestros fondos. Nada como un buen paquete de efectivo a mano en casa, y dejarlo que circule y guíe nuestras transacciones.
Nos repiten por activa y por pasiva que todo esto es progreso, que redunda en nuestro beneficio y comodidad, que trabajan por nuestro bien. Yo no lo percibo así en absoluto, solo en contadas ocasiones puedo apreciar que el avance es cierto. Las más nos percibo en profundo retroceso. A menudo incluso en involución.
Lo verdadero y saludable a mi juicio es que podamos desarrollar y cultivar de continuo pensamiento crítico y capacidad de discernimiento, afinar el olfato del instinto y atender a nuestra intuición, radares todos infalibles y para los que venimos dotadas por naturaleza. No hay que asistir a ninguna universidad ni se enseñan en una escuela de negocios. Es sentido común, inteligencia humana natural al servicio de lo que somos y de todo lo que nos rodea.
Así podremos además ejercer una justa y necesaria desobediencia, encarnando lo que en realidad significa ser libres, adueñándonos de ese regalo que nos ha sido concedido: el libre albedrío.
A tantas de nosotras nos inculcaron fuertemente el ser niñas buenas y comportarnos como tales para encajar y para creer que así nos querrían. Lo que no nos explicaron es lo que en lo profundo suponía, porque ser buena significa en última instancia ser dócil, autosuficiente, manipulable, complaciente, obediente, servil…
De niñas buenas, adultas buenas. Cumplidoras. Previsibles. Uniformes y uniformadas. Un ejército de ciudadanas modélicas porque no se salen del tiesto, no molestan, no se quejan. Consienten, asienten y cumplen. A menudo con desgana y tristeza, desmotivadas, desencantadas. Pero eso no importa, de hecho es ideal, que no toquen con demasiada felicidad, solo lo justo para seguir manteniendo la ilusión de progreso. Importa que estén en su lugar atendiendo a su función de soldaditos rasos.
Deshagamos el entuerto. Ya es la hora. Volvámonos malvadas, libres, contestatarias, irreverentes. Abramos brechas en la estructura del sistema para que entre la luz, el aire, la lluvia y el granizo. Que esas grietas se transformen en corredores naturales plagados de flores, de risas y de cantos de libertad. Y que esto suceda caiga quien caiga. Que se venga abajo lo que sea preciso. Ya pondremos las manos para limpiar los escombros y construir unidas el nuevo mundo, una renovada humanidad, más naturalizada.
La próxima vez que te insten a ser buena, para un poco antes de actuar y hazte preguntas. Déjate sentir el efecto de las respuestas en tu cuerpo y permítele que hable por ti. Un pellizco en el vientre, una bola en la garganta, presión en el pecho, manos que tiemblan y sudan, calor que te enciende el rostro y que te quema por dentro, mandíbula apretada, dolor de cabeza o en el pecho…
La plenitud, queridas mías, se siente de otra manera. Es otra cosa. Aunque sigan intentándolo, que seamos nosotras, todas, personas con alma, las que no nos dejemos engañar más, y nos plantemos arraigadas a la tierra desde nuestro centro para decir un claro y rotundo NO, cuando proceda, todas las veces que sea preciso.
No somos una milicia de autómatas. Somos seres sintientes con poder y posibilidades ilimitados. Hagámonos cargo de lo que nuestra grandeza supone y la responsabilidad que conlleva.
Aquí. Ahora. Ya. Salgamos de la fila. La Vida está esperándonos.

Escrito muy muy acertado, felicidades, más que avance y «mejoras» en nuestra vida cada vez nos están ahogando más controlándonos hasta donde no somos capaces ni tan siquiera de imaginar y mejor estar preparados que ya está aquí la IA para intentar dejarnos completamente tontos y aborregados (en inglés AI que debería leerse más bien como Ay¡¡¡ ) eso sí, tanto para vosotras como para nosotros 😉 Un placer leerte.