Dolorida, mi cuerpo entumecido necesita retorcerse para salir de la armadura, como el sol se empeña hoy en romper las nubes que lo encapotan.
Lo consigue a ratos, por momentos se cuela entre ellas como la energía lo hace por las grutas de mi cuerpo, escabulléndose entre las grietas que su fuerza crea en mi estructura.
Me pide que me abra, que me rinda, que me entregue. ¿Para qué? Le pregunto. «Para que dejes de dolerte y sobre todo para que seas libre«.
Solo para ser libre.
Todo para ser libre.
Su respuesta me conmueve y noto que ahora está más relajado, abierto, agradecido, suave.
Dejo que la brisa me acaricie y me despeine las lágrimas.
Quiero sentarme a la puerta de mi casa plantada como un árbol, en paz, sin expectativas.
Dejarme inundar por el paisaje y volverme parte de él, como esta llovizna que cae serena, como el aire que lo envuelve todo, como estas hojas crujientes que cuchichean sortilegios bajo mis pies.
Quiero abrirme a esta vida que transcurre sin demora, enredarme en el vaivén de sus olas y entregarme a sus mareas. Confiada. Sin dudas. Desnuda de miedos. Desnuda de todo.
Pura.
Limpia.
Libre.

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