El gran teatro del mundo

Jun 17, 2022

Últimamente me sorprendo escuchando con mayor atención las conversaciones de las que hago parte y escuchándome a mí en mis intervenciones. Me doy cuenta de la cantidad de expresiones manidas, aportaciones vacías, frases despersonalizadas que son meros lugares comunes, respuestas que son reacciones sin dejar espacio, o muy poco, a la reflexión o el análisis.

Me sorprendo repitiendo fórmulas que no reconozco como propias y que de verdad me resuenan extrañas cuando las escucho. Es como si otras personas poseyesen mi discurso en un determinado momento, como si de repente hablasen por mi boca otros personajes y entidades, con otras máscaras. Como si no tuviese yo suficiente con las mías propias.

Me escucho atenta y reconozco a menudo mi poca espontaneidad, mi rigidez y tensión, la falta de autenticidad. Me veo actuando, interpretando un papel y otro y otro más, sin ser actriz, sin hacer parte de ninguna representación.

O tal vez sí…

Puede que todo esto sea solo una inmensa obra de teatro orquestada por una fuerza mayor que escribe, musica, dirige y produce un gran espectáculo.

¿Qué es real y qué es ficticio?

¿Acaso es menos real la representación artística justo por ser una representación? ¿No es cierto que nos reconocemos en los enredos y en las tramas, en las actitudes de los caracteres representados? ¿Es que no nos mueven, remueven y conmueven sus hazañas y bajezas? ¿Es mentira lo que representan y lo que sentimos al contemplarlas? ¿No hacemos parte los espectadores de la obra misma? ¿Tendría existencia la obra sin la existencia del observador que la contempla?

Luego salgo del cine, del teatro, del concierto. Abandono el museo, la exposición, el evento, termino de ver la película o de leer el libro. Apago el reproductor de música y me encuentro con otros espectadores-actores. Hablamos. Comentamos, casi siempre rozando la superficie, sin ir más allá. Hablamos todo el tiempo. Volvemos a los lugares manidos. Al parloteo ruidoso de lo que sucede afuera.

¿Pero qué nos está sucediendo por dentro?

¿Por qué no nos hablamos de lo que hemos leído, de cuáles son nuestros sueños, nuestras fantasías y temores? ¿Por qué no compartimos qué aprendimos de padres y maestros, qué da sentido a nuestra vida, lo que nos emociona y enfada? ¿Por qué no nos contamos qué deseamos lograr antes de morir y cómo queremos vivir?

Qué confusión. Tanto ruido. Tanta información. Tanta oferta de todo. Voces, ropajes, actuaciones. Qué poco silencio y cuánta indigestión y cansancio.

A veces, por detrás de mis máscaras, intuyo un haz de luz. Entonces digo algo o hago algo que me produce un crepitar interno. Un rapto. Una corriente eléctrica. Es algo mío, genuino. Lo reconozco y me reconozco en él. Lo sigo sin aferrarme. No quiero que se esfume, temo que se diluya. Pero con atención y presencia consigo que permanezca un rato o un instante, me recreo en su fluidez y ligereza. Huele a risa infantil. Sabe a destellos dorados. No tiene forma, ni dudas, ni miedos. No se esfuerza. No tiene principio ni fin. Es eternidad.

Y puedo ver que yo soy eso.

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