Hay por la zona una mujer que se desplaza caminando a donde va. Pero es un caminar peculiar porque lo hace muy despacio y fija la mirada siempre en el suelo.
Viste varias capas de harapos anchos y vaporosos que le cubren todo el cuerpo, los mismos en invierno y en verano, y un enorme gorro de lana recoge sus madejas de pelo gruesas y enmarañadas.
Apenas si le veo el rostro, cubierta como va, la mirada gacha, la piel quemada por el sol. Su edad indeterminada. Puede que sea joven o puede ser una anciana. Es un rostro inquietante que parece difuminarse por momentos con la acción de mirarla.
A veces acarrea algunas bolsas, otras unas garrafas de agua. La mayoría va con las manos vacías, avanzando despacio, sin mirar a nadie, como si el resto del mundo no existiéramos para ella y solo existiese el trozo de suelo donde va a reposar su siguiente paso.
No habla con nadie nunca y nadie habla con ella. Nadie de hecho parece verla. Pregunto a vecinos y amigos de la zona. No saben de quién les hablo. ¿Cómo es posible no verla si anda por todas partes?
Empecé a encontrarla a un par de kilómetros de casa hace ya algunos años y poco a poco ha ido acercándose. Ahora cada vez que la veo es por aquí, en mi barrio, por mi calle. Este verano, desde la ventana de mi cocina, la vi pasar silenciosa. Se está acercando, pensé.
Hace unos días nos cruzamos en la acera, yo caminaba cuesta abajo, ella subía. No me miró. Yo me quedé con ganas de hablarle pero un impulso interno me lo impidió; interrumpir su soledad, su silencio, su camino. Me parecieron sagrados, y mi curiosidad e interés, irreverentes.
Paré en seco y volví la cabeza para verla avanzar en su eterna parsimonia. Sin prisa alguna y como siempre, sin pausa.
¿Quién es esa mujer? ¿Hacia dónde camina sin descanso y dónde vive? ¿Tendrá un techo donde refugiarse, un hogar, o vivirá en la calle, cobijándose donde puede cuando lo necesita? ¿Podría yo ayudarla con algo de ropa, con comida? ¿Cómo es que siempre va sola y que nadie parece verla? Y si yo soy la única a quien se le aparece, ¿será real o es una fabulación de mi mente? ¿Me ve ella a mí?
Hace días que no aparecía y anoche, al acostarme, su imagen irrumpió en mi cabeza. ¿Será esta mujer una representación contemporánea de la muerte, sin guadaña ya ni rasgos cadavéricos? ¿La veo porque viene anunciándome algo? ¿Viene a mostrarme mi muerte, la muerte de alguien cercano? ¿La enfermedad?
No, me dice contundente mi voz interna, ésa que es más sabia que yo y que siempre está alerta. No es la muerte, no, ni trae noticias de enfermedad. Es la Tristeza. Y el vacío y la soledad que a menudo acarrea. Es la existencia pausada y silenciosa del dolor del alma, que avanza despacio y sereno y existe sin aspavientos, sin exhibicionismo alguno, humilde, callado, digno.
Es la Tristeza y lo único que necesita es espacio y que la reconozcas. Nada más.
Hoy saldré a la calle atenta por si la encuentro y honraré su paso. Y si no la veo no importa. Ahora tiene sitio en mí. Un lugar oscuro y cálido en mi pecho, muy cerca de mi corazón. Ese punto donde a veces me duelo, me asusto y que parece apretarme fuerte.
Claro, le faltaba espacio a mi tristeza. No era suficiente con ese pequeño punto.
Respiro profundo. Varias veces. Mi pecho se ensancha, se agranda, se vuelve elástico. Sigo respirando amplio, despacio. Me lleno de aire y lo suelto todo.
Le estoy haciendo espacio a mi tristeza en cada inspiración, con cada exhalación, en cada espacio de silencio, con mi calma. No es ninguna vagabunda mi tristeza ni un capricho de mi alborotada imaginación. Mi tristeza es real, existe, y ésta es su casa. No lo ocupa todo, no, solo el espacio que le corresponde en cada momento. Es lo único que precisa. Su lugar en mí.
Te veo. Te reconozco. Te abrazo. Gracias por seguir insistiendo, respetuosa, por mostrarte y por mostrarme. Ya no me escapo ni te doy la espalda. Camino junto a ti, a tu ritmo. Vamos juntas.
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