Recuerdo de niña sentir vergüenza cuando me hacían fotos. No al principio pero sí a partir de los seis o siete años. No sé qué pasó en ese intervalo de tiempo, entre sentirme libre y espontánea a mis tres, cuatro o cinco años y contactar con tanto pudor después. ¿Qué le sucedió a mi niña para perder así su naturalidad y para verse encerrada en la jaula del rubor y el retraimiento? Sospecho que tuvo que ver con la mirada de los adultos y con lo que nombraban al respecto.
Un día mis padres nos llevaron al estudio de un fotógrafo profesional para una sesión. Mi madre preparó incluso ropa diferente para cambiarnos, y que apareceríamos en distintas fotos con distintos modelos. El fotógrafo tenía un bigote tupido y parecía simpático, tal vez demasiado intenso para mi sensibilidad, y yo me sentía muy violentada por la situación: las miradas, las invitaciones a posar, a sonreír, seguramente los comentarios de mis padres sobre lo poco que colaborábamos… Fue una experiencia desagradable para mí, muy incómoda. Estaba deseando salir. Solo recuerdo haber visto un par de aquellas fotografías en el álbum familiar. Seguramente no pudieron salvar ninguna más y mis padres sintieron el fiasco, con el consecuente gasto de dinero, que se encargarían de nombrarnos en repetidas ocasiones también, haciendo que se ampliara mi sensación de ridículo y de sentirme objeto de su decepción.
En adolescencia no fue mucho mejor, aunque entonces empezaron las fotos con amigos y en pandilla, el juego y las risas, y eso alivió un tanto el panorama. Aún así, si al revelar los carretes me veía mal, contactaba de nuevo con esa timidez y me sentía muy insegura. Quería desaparecer. Esconderme y que no me viese nadie. Ser invisible para el mundo.
Hace veinte años, cuando comenzó mi proceso de indagación a raíz del duelo por la muerte repentina de mi pareja, me comenzó a abordar una peculiar sensación de extrañeza. Me miraba al espejo, me veía en las fotografías que tenía por casa y no me reconocía. «Esa no soy yo«. No sé lo decía a nadie porque me parecía de locos y me preguntaba si estaba perdiendo la cabeza. «Sí, claro, un poco sí, como para no perderla en esta situación. Pero vas a estar bien. Ya pasará«. Era una voz nueva para mí que comenzó a abrirse paso. «Otro síntoma más de enajenación», me dije. Escuchar voces. Pero la dejé estar porque entre otras razones, me traía siempre algo que me calmaba. Y calma era lo que más necesitaba.
En estos últimos dos años que siento mi envejecimiento más obvio vuelvo a contactar con ese estupor de no reconocerme. La imagen que veo en el espejo o en las fotos no casa con la que yo tengo de mí. Pero fue unos años antes que, con tremendo pudor y gracias a las facilidades de los teléfonos móviles, me di permiso para jugar a hacerme autorretratos.
Entonces me recreé mirándome a mí misma con ojos amorosos y compasivos. Me testé en comprobar cómo se muestra mi timidez, qué esconde, en qué medida me falseo y para qué lo hago, cuánto soy capaz de mostrarme de verdad y cuál es la cualidad de mi belleza natural.
A veces hago muchas fotos y borro la gran mayoría. Entonces sé que ando torcida. Otras me sorprendo juguetona, divertida y acabo encantada con cada una de las imágenes que he tomado.
En este proceso me han ayudado mucho las miradas y los objetivos de algunas personas queridas. Álvaro, Toni, Fátima, David, Ana… Con menos pudor de lo que acostumbraba y confiando en sus respetuosas y artísticas miradas, me he maravillado agradecida por cómo me han captado, y verme a través de sus ojos me ha ayudado a desarrollar una auto-percepción más acertada de mí misma. Algunas de las imágenes que utilizo aquí en el blog son suyas y les agradezco mucho su amor y calidez al retratarme.
Así que esto de los retratos, más allá de la superficialidad que pueden suponer (el universo selfie y el postureo en redes ha empañado esta manifestación expresiva), se está desvelando para mí como un camino de auto-observación y liberación. Para un carácter como el mío que se siente tan dependiente de la mirada ajena es todo un trabajo, puesto que se da una curiosa paradoja o una aparente contradicción: anhelar ser vista y a la vez sentir un miedo profundo a que me vean. Porque en el fondo todo el tiempo subyace la idea loca, forjada y fijada en infancia y reforzada después, de que si me ven como soy no me van a querer.
Ya es tiempo de deshacer todos esos antiguos entuertos. Soy la que soy, con todo lo que llevo a cuestas y lo que voy pudiendo dejar atrás. Ahora con mis arrugas y mis canas, con mi flacidez y también con mi madura frescura y mi natural belleza. Me sigue costando posar pero no me censuro y pruebo a jugar de nuevo, como cuando tenía tres años y enamoraba a la cámara. Se nota en mi sonrisa, en el brillo de los ojos de esa niña preciosa que fui y que sigue habitando en mí.
Hace unas semanas miraba fotos mías de veinteañera, cuando no me parecía jamás estar bien, y me vi tan preciosa… Sentí tristeza por esa joven con dificultad para mirarse a sí misma con amor, siempre crítica. Entonces pensé que si vivo veinte años más, por ejemplo, miraré mis fotos de ahora y podré ver mi belleza y mi madura autenticidad. Pero, ¿para qué esperar a entonces? Tal vez no llego. Tal vez me muero antes. ¿Por qué no mirarme con buenos ojos desde ahora mismo y cada día que estoy viva, apreciándome con todo y poniéndome en valor?
Y eso es lo que voy a hacer. Voy a cuidarme y a estimarme. Voy a seguir haciéndome autorretratos y dejando que me retraten personas queridas que me miran bien. Voy a dejar de esconderme, que es lo mismo que decir que voy a seguir mostrándome, con el riesgo que eso supone para mí estructura egoica. Puedo recibir mirada, sí, y también rechazo o indiferencia. Puedo encontrar aceptación o también vacío.
Quiero que me vean las personas a las que quiero y quienes necesito que me atiendan por otras razones. No me va la vida en ello pero sí anhelo tener mi sitio en sus vidas, sin empeñarme para ganarme un lugar que ya es mío porque me lo han concedido.
No tengo que hacer tanto, de hecho, no tengo que hacer nada. No hay nada que hacer. Es tiempo de ser.

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