Desiertos e infiernos

Jun 14, 2026

Otras veces he contado por aquí de alguna manera ese histórico sentimiento de no percibirme como válida, de apreciarme como defectuosa, inadecuada. Es muy incómodo, a menudo doloroso. Está conectado con el desarrollo de una instancia interna (en terapia gestalt se denomina ‘perro de arriba’) demoledora. En mí se manifiesta como una jueza implacable que trabaja a destajo, enarbolando mazo en una mano y látigo en la otra, junto con un altavoz adherido a una boca que no cesa de increparme y de calibrar mis movimientos y decisiones. Su severidad y virulencia, la intensidad de su disposición pueden resultar abrumadoras porque es dura y no ceja. Está entregada a su tarea, pico y pala, día y noche. Cuando me despisto saca la fusta y me asesta el golpe sin que le tiemble un solo dedo.

¿Cómo permito que esta parte mía se crezca y me machaque de esta manera tan poco compasiva? ¿Cómo consentimos tratarnos a nosotras mismas así? ¿Y cómo aparece para arremeter contra otras personas también? Porque si me lo hace a mí, se lo hace a otras.

Me costó años verle la cara y desenmascararla. Primero entendí la identificación con mi madre real, biológica, la mujer que me engendró, me parió y me crió. Luego pude comprender cómo la impronta de esa madre había gestado en mí otra figura materna interna que superaba en atributos a mi madre física. Más tierna, más sensible y comprensiva, a menudo permisiva y también más rigurosa y severa. Sin conciencia, le permití hacerse con mucho espacio y terminó ocupando gran parte de nuestro escenario compartido. Una emperatriz reinando a sus anchas, déspota, cruel, híper exigente.

Un día por fin me senté cara a cara con ella para increparla y comprender para qué actuaba así. Entonces pude ver su empeño para que yo mejorase, que pudiese incluso tocar y hasta alcanzar la excelencia, que yo merecía ese lugar, me dijo, «ahí es donde deberíamos estar«. Yo le expliqué entre lágrimas que eso era muy cansado, agotador, que yo no quería vivir así y le pedí por favor que aflojara y me dejara en paz. En ese encuentro comprendió y al sentirse vista, tenida en cuenta, su intensidad se relajó y pude percibirla amorosa e inclusiva en lugar de confrontativa y demandante. Cierto milagro se produjo y un llanto reparador nos tomó y ayudó a que nuestras defensas se ablandasen, a que la coraza se resquebrajase.

Después quedó en un segundo plano, más calmada, con menos necesidad de protagonismo durante un tiempo, para volver luego a recuperar su lugar. Aparece menos a menudo y menos tiempo pero cuando vuelve parece venir también mejor pertrechada, con artillería pesada dispuesta a ser desplegada.

Hace unos días llegó sin mediar detonante obvio y arrasó como Atila. Casi ninguno de los recursos que habitualmente me rescatan de su influjo surtía efecto. Ni el mar, ni caminar, ni el ejercicio físico, ni respirar, ni mi danza, ni la práctica meditativa, ni la contemplación, ni el descanso… Me percibí acorralada, demolida, y acurrucada en el suelo recibí todos los golpes que tuvo a bien asestarme. Trajo un desfile completo de todos mis fantasmas activos a día de hoy (amor, pareja, sexualidad, trabajo, seguridad económica, envejecimiento) y me mostró, según su visión, el patetismo de mis conductas y disposiciones. Llegado un punto, una intensa sensación de irrealidad comenzó a envolverlo todo, como si aquello que estaba presenciando fuese falso, atrezzo o solo una capa superficial de mi cotidiano, mostrándome que la partida de verdad se estaba en realidad jugando en otro terreno, invisible. Insatisfacción vital, crisis existencial, falta de sentido. «Todo esto así vivido carece por completo de sentido, así es».

A medida que avanzaba en su conquista yo iba cayendo en una tristeza y un cansancio más profundos, desenergetizada. Lloré mucho, canté, bajé las persianas para evitar la luz cegadora y ardiente de un sol que no podía sostener. Me recogí hacia adentro. Dejé el móvil de lado, restringí mis comunicaciones con el mundo exterior. Procuré plasmar por escrito lo que me estaba pasando y cada día me puse música que me ayudase a atravesar este desierto interior.

Cuando la tristeza comenzó a vestirse de miedo pude observar también la familiaridad de este estado. Durante mis duelos me había visto ahí, así, pero ahora no había duelo ni ninguna razón externa, ningún disparador que motivase este estado. Sí aparecían sucedidos en mi cotidiano que se veían teñidos de un fuerte dramatismo y oscuridad, tomados por el juicio y la acción de esta perra de arriba venida a más. ¿Para qué ahora vivenciar todo esto? ¿A qué viene este revolcón tan intenso y tan profundo?

Para mostrarme que esa capa de miedo responde a un momento en el que toco vacío, y que el vacío se genera justo cuando mi estructura egoica se percibe amenazada, comprometida, tocada y desprovista de poder. Como tan bonito lo nombró una querida hermana de camino al compartir todo esto con ella. Dijo: «es el duelo por la parte neurótica» que, efectivamente, se percibe menos poderosa a medida que avanzamos en nuestro camino de conciencia. Pierde protagonismo y se retuerce ante la aterradora idea de desaparecer. De ahí que se presente tan convulsa y virulenta de pronto y sin mediar causa aparente. Se estaba sintiendo amenazada y hace lo que puede para permanecer, para sobrevivir, para no perder ni un centímetro más de territorio ante el incuestionable avance del Ser.

Es impresionante. De pronto, y no movida por mi voluntad, me distancio y percibo la batalla que se está fraguando en mi interior. Yo soy las dos instancias internas que guerrean y soy la observadora neutral que asiste al combate desde una serenidad clara y desprovista de juicio. Soy todo a la vez y nada.

Me fascina la contundencia y la claridad con la que se muestra la realidad ahora. «Confía en el proceso. Deja que suceda tal cual se desvela. Ahora no ves la imagen final pero sabes que existe, que cuando sea el momento se revelará, que todo responde a un sentido profundo. Confía en el proceso«.

Entonces la lucha se disuelve y solo hay entrega. Rendición. Aceptación. Atención sin juicio. Vivencia libre y limpia de condicionamiento mental y emocional. Desidentificación. Comprensión integrada, metabolizada. Paz. Serenidad. Gratitud.

Y comienzo el ascenso…

Yo no busco internarme en estos infiernos internos. Las vivencias me sobrevienen. Suceden. Antes tendía a darles la espalda, a hacer como que no pasaba nada poniéndome operativa y funcional enseguida para no caer ni tocar con la incomodidad que supone. Un trabajo titánico de represión y de falseamiento.

Ahora encaro lo que llega, me entrego. Ahora sé que el único camino es a través. Ya no me escapo ni me auto engaño diciendo que todo está bien. Paro y me abro a lo que viene. No porque yo sea masoca sino porque si viene, toca. Soy valiente y honesta. Ese es el Trabajo. Me trae aprendizajes que preciso integrar para reconocerme de verdad y reconocer la Verdad de la Existencia. Para tener una vida más plena y auténtica, libre de los artificios neuróticos del ego. Porque además, ¿cómo puedo acompañar a otros en sus travesías particulares si yo no soy capaz de transitar las mías propias? Y esto no tiene tanto que ver con el oficio que cada una desempeñamos sino con nuestro estar en el mundo. Si no hacemos nuestro Trabajo, ¿qué es lo que irradiamos? ¿Qué tenemos para compartir y de qué nos nutrimos?

Salgo renovada de este encuentro, habitando un sosiego que también percibo diferente. No es intenso ni eufórico. Es suave, profundo, como un aroma que me envuelve desde dentro y emana hacia fuera. Lo abrazo con gratitud. Me siento afortunada, dichosa, maravillada. Es mi verdadera naturaleza. La esencia de mi Ser. Estoy en casa. De vuelta al Origen.

Y con todo esto continúo. Habrá otras. Posiblemente. O tal vez no…

Estar viva es un milagro, una bendición, un regalo.

Gracias 🙏🏼❤️‍🔥

0 Comments

Submit a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Suscríbete

Para recibir mis publicaciones por email.