La escena comienza de pronto, sin introducción previa de ningún tipo. Hay un bebé que llora solo en una cuna. Su llanto es leve al comienzo y se va intensificando a medida que transcurren segundos interminables y nadie aparece para consolarlo.
Llora. Llora desesperado. Llora con toda su garra, con todo su cuerpo, que aunque pequeño y vulnerable tiembla con una fuerza atronadora demandando presencia, amparo, cuerpo ajeno y el calor adulto que precisa para no sentirse en peligro.
Porque ésa es precisamente la sensación que lo recorre y lo tiene secuestrado: un miedo atroz, una vivencia de soledad absoluta, y así, tan vulnerable y solo, se sabe presa de cualquier depredador, en peligro de muerte.
Ése es el miedo nuclear. Sentirse morir en mitad de tan profunda y oscura soledad. Aquí solo me muero. Qué angustia, qué terrorífico… Grita, se desgañita, retuerce su cuerpecito flexible aún en pleno desarrollo. No puede hacer mucho más, es tan pequeño… No tiene más recursos que ésos para llamar la atención y demandar el abrazo y la cercanía de otro cuerpo que le ofrezca protección, seguridad, cobijo. Es lo único que necesita. Lo pide como puede, y no lo encuentra. Está solo.
Hay algún adulto cerca, sí, varios incluso, en otra habitación de la casa, en otro espacio, a unos metros. Lo escuchan llorar y se dicen «a ver si calla: está limpio, ha comido, tendrá sueño, a ver si calla ya, no podemos tenerlo en brazos todo el tiempo, tenemos mucho que hacer, no puede acostumbrarse a estar en brazos. A ver si calla… Pero nada, sigue y sigue… Enseguida voy, en cuanto termine con esto.» Y desde su desconexión no se dan cuenta de que esa espera a la que lo someten, esos segundos de más, esos minutos que a ellos les parecen tan cortos, son para la cría humana una tortura eterna.
Desde esa distancia de su sí mismo, los adultos tampoco pueden recordar que esa vivencia de terror también la atravesaron ellos algún día, tiempo atrás, muchas veces, cuando eran así de pequeños y después. Se han olvidado. Y el llanto continuo del bebé les toca ese resorte tan antiguo; algo por fin comienza a desesperarse en ellos, se sienten nerviosos, se angustian. Así que dejan lo que andan haciendo (hacer, hacer, hacer… Hay tanto que hacer y que no puede esperar… la trampa de los mayores) y corren a atender a ese proyecto de niño, de joven, de ser humano, que acaba de experimentar el trauma en su ser.
El trauma como vivencia física, bien palpable en todo su pequeño cuerpo. Tal vez como en el momento de nacer, el primer hecho traumático de su corta existencia extrauterina. Y trauma también como un darse cuenta inconsciente y profundo de que está solo en el mundo. Hay otras personas alrededor, sí, cerca, adultos que lo aman y que quieren y pueden cuidarlo (qué suerte tiene, hay bebés que ni eso), pero en según qué ocasiones está y estará solo. Así es y mejor aprenderlo ya.
Se acabó la escena.
Estoy sola en la vida. Tú también lo estás. Y habrá momentos de angustia y malestar donde sea bien consciente de que eso es así. Nadie puede atravesar esas sombras por mí ni conmigo, nadie puede enfrentarse a mis infiernos sino yo. Y cuando llegue el momento de mi muerte, no importa cuántas personas me acompañen in situ que yo haré el trayecto sola y sola desapareceré.
Y a la vez, no existe brecha entre nosotros, no hay nada que nos separe porque en realidad somos lo mismo. Somos el mismo bebé llorando a solas, necesitando de amparo adulto, somos el mismo miedo interno al peligro, a la angustia vital, a la muerte. Somos la misma fuerza amorosa que cuida, proteje y nutre. Somos la misma criatura adulta con heridas de infancia que se esfuerza por vivir en armonía. Somos el mismo impulso de vida y la misma tensión de muerte. Todo eso somos todos y lo somos todo el tiempo.
Así que estoy sola y a la vez acompañada por todas las personas hermanas que han transitado y seguirán transitando vivencias similares a las mías. Ellas viven lo suyo, yo lo mío, y en el camino nos vamos encontrando. Yo no puedo inmiscuirme en su trayecto ni ellas ocupar el mío.
Esto que puede parecer una contradicción sin sentido, ahora me trae tremenda claridad y profunda comprensión de nuestra naturaleza humana. Como natural es que a menudo nos creamos separados del resto, diferentes, solos y abandonados. Que no seamos conscientes de la unión con nuestro prójimo, menos aún de nuestro nexo con otros seres: animales, plantas, árboles, piedras, minerales…
Estoy sola y nunca lo estoy.
Soy una con el universo al completo.
Vamos juntas aunque jamás nos veamos.
Somos lo mismo.

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