Camino sola entre la maleza. No tengo miedo. Me siento en casa.
Encuentro un agujero horadado en la tierra como de un metro de diámetro. Me asomo curiosa y veo agua en el fondo.
El agujero es más amplio en el interior y me pregunto si puedo bajar porque un impulso muy fuerte a meter los pies en el agua tira de mí.
Con dificultad consigo colarme y llegar hasta el fondo. Veo pequeños peces que danzan vibrantes en el agua, turbia por la arena y por su frenético movimiento.
De pronto siento miedo. ¿Y si son pirañas y me devoran? En la selva hay pirañas de río, lo sé, las he visto. Tienen dientes pequeños y afilados capaces de atacar y desgarrar.
No, no son pirañas, míralos moverse, mira su forma. No son pirañas. Atrévete y mete los pies en el agua.
La pequeña cavidad, como el agua que contiene, se sienten cálidas y acogedoras. Los peces se acercan a mis pies y los rozan con suavidad. Yo sonrío.
De pronto miro a mi izquierda y veo una tubería de metal y un grifo de plástico amarillo sucio y desgastado que sale de ella.
Me molesta esa intervención humana en mitad de este rincón salvaje en la naturaleza.
¿Por qué nos empeñamos los humanos en llegar a todas partes interviniendo, manipulando, contaminando?
Me molesto y decido salir. Pero no es fácil. No consigo encontrar la manera de elevarme para ganar altura y agarrarme a las paredes hacia el exterior.
Mejor si me meto entera en el agua y desde ahí gano impulso.
Me sumerjo en el agua cálida. Es más profunda de lo que vislumbraba pero puedo descansar en el fondo y apuntar una vía de salida.
Ya en el exterior, mojada y cubierta de arena, raíces y hojas muertas, me siento renovada. Y sigo mi camino.

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