Disolución I

Nov 24, 2024

El día es luminoso y cálido, brillante, limpio, transparente, hermoso. Están desnudos en un prado verde, tumbados en la suave hierba, muy cerca el uno de la otra, tanto que la visión de sus rostros se distorsiona. «Cuando estamos tan cerca te vuelves borroso, no acabo de verte bien«, le dice divertida. Aún así siguen mirándose fíjamente, a un palmo.

Ella le cuenta con entusiasmo algo que parece importarle especialmente. Él la interrumpe acercándose aún más para besarla. «Perdona, necesitaba hacerlo. Sigue, sigue«. Ella sonríe. No le molesta. El beso le sabe a luces color arcoiris. Es delicioso. Recuerda las palabras de aquel filósofo de mirada rasgada: «sin el tacto físico no se crean vínculos».

Se da cuenta de que no ha estado escuchándola. No ha atendido al contenido de su discurso, no todo el tiempo, no al final. Ha oído las palabras emerger sin prestarles demasiada atención, distraído. Tiene una inclinación natural a hacerlo así, ella lo sabe, empieza a comprender el funcionamiento y la cualidad saltarina de su mente, su atracción por la variedad incesante de estímulos.

Lo mira desde esta comprensión y una ola de ternura y amor por él la recorre por completo. Es puro gozo. Como si un manto de suavidad la abrazase a la vez por fuera y por dentro, abarcando con total dulzura y respeto cada una de sus células, cada poro, cada resquicio de su ser, sintiéndose plenamente arropada por esta corriente tan invisible como palpable que la cubre y la empapa de un bienestar sin límites.

Sigue sonriendo, en silencio, agradecida, maravillada. Él también. De pronto ya no le apetece hablar y ahora sí, percibe que él lo intuyó antes. «Demasiadas palabras. No son necesarias ahora. No hay tanto para decir«. Tiene razón. Así de cerca, tan juntos, el silencio es el paraíso. «Qué manía llenarlo todo siempre con palabras, pensamientos y acciones. Que descanso estar así, aquí, sin más, tan juntos que no hay distancia entre nosotros«.

Permanecen callados mirándose a los ojos y ella percibe un clic interno, un interruptor que se activó con la chispa del contacto y que la lleva a apreciar en la mirada de ese hombre la belleza, su grandeza, toda la grandeza del mundo, de la realidad, de la existencia al completo. Siente que su capacidad de mirar y de ver se magnífican, que van más adentro, más profundo, que abarcan una percepción más extensa y, de alguna forma involuntaria e incomprensible para su pequeña mente, llegan más allá, hasta abarcarlo todo. Abarca el Todo con su mirada, desde los ojos. La mirada es la puerta de entrada al infinito.

Reconoce los oscuros ojos de ese fascinante hombre-niño que la acompaña como los suyos propios, la misma inmensidad, tanta belleza, y en un instante está dentro de ellos, navegándolos, redescubriéndose a través de ellos, flotando en un espacio sin fin plagado de puntos de luz y polvo de energía que brillan sin esfuerzo, acogiendo en sí el potencial de todas las formas y colores posibles, todas las manifestaciones. 

«Y esto es lo que en verdad somos» se dice. «Yo soy tú. Tú eres yo. Somos el universo en sí mismo y todo el universo está contenido en ese pequeño trazo que hace parte de tu iris, tan bello, perfecto, que es el míor propio. Y esta quietud del alma, este silencio, esta vivencia de insondable dicha que no se agota, que permanece. Que es«.

«Estar así de cerca es poder verte mejor que nunca, y es verme a mí en ti. La separación es solo un vehículo para experimentarnos y experimentarlo todo. No hay nada que trascender, ningún trabajo en el que empeñarse. Tan solo siéntate para ser respirada por la existencia puesto que ella se hace cargo. La vida cuida de sí misma, sí, y así es como te cuida a ti y a todo. Así es también como tú estás llamada a cuidarte y a cuidar, siendo expresión directa de este amor y de toda la belleza que nos conforma».

No sabe de dónde llega esa voz que no es voz porque no la escucha, pero la información aparece fluida y clara, directa y certera. Veraz. Algo dentro de ella se reconoce en cada detalle y sabe que todo eso es cierto. Se lo repite a sí misma para fijarlo, para recordarlo cuando despierte.

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