Enfermarme me pone vulnerable y en contacto con la fragilidad. Me hablan de que también soy pequeña, que no siempre puedo sola, que me derrumbo y me tengo que retirar para cuidarme y para dejar que me cuiden, para pedir lo que necesito y recibirlo agradecida, sin más boato. No tengo que hacer nada por el otro a cambio, no me toca estar disponible para nadie excepto para mí.
Los síntomas me hablan de recuperar yo mi centro, de volver a mí y dejar al otro, que puede muy bien solo. No soy imprescindible. Soy sustituible. No soy tan especial. Soy solo una mujer normal y corriente, una persona más entre tantas que también se enferman y que incluso se mueren. A diario. La gente se muere y yo me moriré también algún día, aún no sé cuándo.
Y antes de morirme me seguiré haciendo mayor, y luego vieja (tal vez, o no, la Vida decide). Seguiré perdiendo lozanía, cultivando arrugas y canas, me volveré en parte invisible y pasaré desapercibida. Tendré que vivir con todo eso sintiéndome una más. Ya está.
La enfermedad me trae vulnerabilidad y ésta me coloca en un espacio de humildad que me sienta muy bien transitar, a pesar de los mocos, de la fiebre, de la tos, de la hipocondría soterrada, del fantasma de un virus que parece extenderse como una plaga. Puede tocarme a mí, por qué no. Está bien que lo mire de frente y me lo reconozca. Y también que lo nombre.
Por eso vengo aquí. Para decir que no me encuentro bien, que me siento desposeída de mi poder, porosa, abierta, delicada, necesitada de cuidado ajeno. Y para declarar que por momentos siento miedo. Miedo de que sea algo más grave, de tener que acudir al hospital, de contagiar a los míos, de no recuperarme, de morirme ahora. No quiero morirme aún. Todavía no. Y aún así, no soy yo quien lo determina. Lo sé. Agacho la cabeza en una reverencia a la Vida y a la Muerte. En sus manos y en su regazo estoy. Me entrego. A lo que es. A lo que hay. Y confío. Suelto. Me relajo. Descanso. Me libero. Respiro. Duermo…

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