Inadecuada

Aug 5, 2020

No sé por qué tengo preguntas y malestares que otras personas no se hacen o parecen no tener. No digo que eso me haga más o menos compleja de lo que ellas son, más o menos humana. Antes puedo ver que me colocaba por encima, que me sentía un ser especial por andar buscando. O más desgraciada y miserable por sentir el malestar y la angustia que a otras les eran ajenos. Ahora veo que solo es mi camino y ellas tienen el suyo, que es otro. Nuestros caminos no nos hacen mejores ni peores que los demás. No existe mejor ni peor aquí. No ha lugar la comparación entre individuos. Ahora sé que cada persona vivenciamos a nuestra manera, tenemos nuestros propios dolores, nuestra manera particular de experimentarlos y que todo lo nuestro es válido.

Si evoco situaciones de mi cronología vital me encuentro con sensaciones internas constantes, repetitivas, que van emergiendo martilleantes durante las diferentes etapas de mi desarrollo (infancia, adolescencia, juventud, madurez).

Una de ellas que ocupa un espacio relevante tiene que ver con el sentirme no adecuada, y como consecuencia, que no pertenezco a ese espacio, lugar, grupo o momento. Ya fuese en el colegio (tal vez se debiese a que era una institución educativa de corte religioso, cuando en mi familia no éramos practicantes ni se valoraba la religión en ningún sentido, o a que muchos de mis compañeros pertenecían a familias de clase alta con madres ociosas, cuando mis padres eran personas de clase media-baja y trabajadores ambos), en grupos de amigos (soy rara, no les interesan los asuntos que a mí me mueven, si encajo es porque yo me pliego y a veces no me apetece hacerlo), en el conservatorio de música (los demás tienen vocación, o talento, o familias de músicos), en alguna relación (se aburre conmigo, será porque tenemos poco en común, porque es mayor que yo, porque ha viajado mucho, porque no me drogo), en lo laboral (me gustaría ser ambiciosa como los demás y medrar y llegar más alto para ganar en responsabilidad y crecer y sentirme valiosa); incluso dentro de mi propia familia me he llegado a sentir ajena, extraña, fuera de lugar.

Lo anotado arriba entre paréntesis tiene más que ver con ideas, pensamientos elaborados a raíz de algo previo que es precisamente la sensación interna de no adecuación y por tanto de no pertenencia. Y esa sensación no me lleva a experimentarme como especial, única o fabulosa sino todo lo contrario: a contactar con malestar, con incomodidad, con dolor incluso y hasta con vacío. Y ante eso veo ahora cómo el recurso que pongo en marcha es la evasión, el escaparme para evitar el contacto con esa sensación incómoda.

Me he escapado a través de la fantasía (imagino, me invento historias fantásticas y excitantes donde soy la heroína y a menudo, una heroína irresistible, vencedora), de no escucharme (en el sexo, con la comida, con lo que me apetece o no hacer), de poner la atención o la mirada en el otro (a menudo para complacerlo), del alcohol (con la consiguiente sensación de deshinibición, tan saludable y necesaria por otra parte para mí), de priorizar el deseo o la necesidad de los demás (ni siquiera tenía claro mi deseo o mi necesidad), de colocarme en el hacer (para ser productiva, funcional, eficiente, y que además se note y me valoren por ello), de ‘ser buena’ o generarme una ‘buena imagen’ haciendo lo que se considera que ‘está bien’ o ‘es bueno’. Entre otros recursos…

Estoy asistiendo casi ensimismada a la manera en la que las piezas de mi puzzle vital se están agrupando para crear una imagen nítida y con sentido de quién soy y cómo me he ido convirtiendo en esta criatura que funciona así. Por supuesto que este ensamblaje no lo logran solas, esas piezas, sino que soy yo la que llego ahí gracias al recorrido, y ahora parece que se está dando lugar cierta magia en el proceso, que estoy accediendo por fin a un sentido que hasta ahora se me escapaba.

Ha habido en el camino demasiados momentos en los que me empeñé en ver, en comprender, en atar cabos, y sin embargo solo pude conformarme con cierto entendimiento racional, y a menudo ni eso. Así que el recorrido ha estado plagado de frustración y, para combatirla, de una envoltura arrogante. Porque cómo si no iba a poder yo sostener tanta frustración, tanta ignorancia, tanta incapacidad propias. La arrogancia, cierta falsedad, un embellecimiento hipócrita, el orgullo, me han ayudado a elevarme. Casi como el efecto de una droga, me impulsaron a colocarme en un lugar menos incómodo, favorable, aunque fuese de cartón-piedra. Porque la inadecuación ha tenido para mí conexión directa con la desvalorización, y estar ahí todo el tiempo es muy doloroso, insostenible a menudo, imposible a veces. Me lo he ido permitiendo en mi intimidad/soledad desde que debido a la primera crisis vital que atravesé toqué fondo, y casi nunca hacia afuera/con el otro (si me ve así como soy de torpe, incapaz, débil, fea… Así no le voy a gustar ni me va a querer). Este es un trabajo valioso para mí: dejarme caer, mostrarme vulnerable, pedir ayuda y aprender a recibirla, dejar ver que a veces no puedo sola y que me duele y me enojo y me cago en el mundo, distorsionando así algo esa buena y falsa imagen que todos estos años me he esforzado en construir. Me decía un terapeuta recientemente: «te sienta muy bien perder los papeles».

Voy viendo la lógica. Las fichas me van cayendo y van encajándose unas con otras. Aún tengo muchas dudas, infinidad de preguntas, vacíos que no intuyo ni comprendo. Es posible que parte de lo que ahora veo claro me resulte mañana erróneo. En cualquier caso, hoy me siento vulnerable, válida, sensible, amorosa, iracunda también, y rebelde, cansada, más espontánea y genuina, menos complaciente, madura. Y ése es un cóctel sabroso que me cae bien. Sabe rico, me ayuda a digerir, no me trae resaca. Por eso voy a seguir tomándolo y, con menos expectativas que al comienzo, voy a dejarlo que siga cayendo y haciendo su trabajo, mientras yo sigo con el mío.

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