Si todo esto ha sido y es producto de la manipulación humana (mediando o no imprevisto o accidente); si como consecuencia de ello la clase dirigente ha tenido que desplegar estrategias poco exploradas o totalmente novedosas; si ante circunstancias tan inverosímiles las personas nos hemos visto obligadas a cambiar de forma drástica nuestros usos y costumbres apelando al cuidado y la responsabilidad…
Si todo esto (y mucho más de lo que está sucediendo) hace parte de una suerte de prueba mediante la cual los que sustentan el poder evalúan nuestra capacidad de ser obedientes, me parece que hemos pasado el examen con nota. Y que esos otros se están frotando las manos a placer. ¡Qué triunfo de estrategia!
Porque a pesar de las opiniones discordantes, del malestar, la confusión, lo inverosímil, a pesar de las voces contrarias, de las excepciones, las personas en general hemos cumplido con lo que nos exigían. Muchas por miedo, otras por solidaridad, algunas solo para encajar.
Y si a pesar de esa obediencia generalizada aún hay voces que se empeñan en poner la lupa en la excepción, yo me pregunto qué interés yace detrás de ese comportamiento.
Me huele a que, amparados en la ‘lucha contra’ este ‘enemigo’ tan invisible y desconocido, a algunos les interesa que sigamos asustados y desplegando un tufo de autoritarismo que en realidad es ajeno a nuestra naturaleza colaborativa. Quieren algunos que nos convirtamos en policías no sólo de nosotras mismas sino de nuestras vecinas. Yo por ahí no paso ni pasaré nunca. Mi sentido de la responsabilidad, mi respeto a las normas, mi necesidad de encajar y mi empatía no me llevan hasta esa inmundicia ciega y visceral.
Ese examen jamás lo pasaremos algunas. Si eso supone quedarnos por afuera del sistema, que así sea. Pueden apelar al miedo (con toda la carga de la semántica belicista a sus espaldas, con todos los uniformes y todas las medallas ocupando pantallas y primeras planas en un prodigio de escenificación teatrera lamentable), a la amenaza, a la manipulación. Por ahí no pasaremos algunas. Y ya le buscaremos las grietas a la estructura para recolocarnos y continuar desde ahí.
Es muy posible que esta resistencia mía sea, como tantos otros rasgos, caracterial; y aún así digo que la obediencia ciega me resulta pobre, triste, hueca e incluso peligrosa.
Me gustaría, por soñar, conocer algún día la verdad latente detrás de este despliegue mundial. Aún a riesgo de descubrirme equivocada, de ver que la ciega era yo, de poner mi orgulloso ego en cuestión y verlo vapuleado en el suelo.
Porque la verdad es soberana y cuando brilla lo pone todo en su sitio.

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