Hay momentos para columpiarnos en la inconsciencia, tan felices, sin cuestionarnos nada, sin querer ver más allá ni saber más.
Luego esa ceguera comienza a picarnos, a molestarnos, se vuelve molesta, incordia, nos inquieta.
Entonces nos hacemos preguntas e inevitablemente, ansiamos respuestas.
Como las respuestas a menudo no llegan tan veloces como quisiéramos, nos afanamos en hacer y hacer, hacer mucho y de todo para que esas respuestas se nos revelen, para hallarlas.
Y cuando nos hemos rendido porque no aparecieron, entonces, casi por arte de magia, llega la claridad y la certeza nos atraviesa como un rayo de luz, en todas las direcciones de nuestro ser.
Entonces y sólo entonces, desde un lugar profundo y salvaje, comprendemos.

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