No tengo nada que venderte. No me interesa convencerte ya de nada. No me da el tiempo, ni la vida. No tiene sentido.
Quemé todas las tarjetas de visita. Doné la ropa, los uniformes. Me saqué el sujetador y los tacones. Cerré el chiringuito, me di de baja en todos los foros activos. Regalé los perfumes, me libré del maquillaje. Dejé a un lado los miedos, las dudas, las excusas, el juicio. Y seguí camino así como me ves ahora, despojada de casi todo lo accesorio.
Me voy deshaciendo de cada capa a pesar de que me asusta el frío. Y resulta que al hacerlo me voy sintiendo más cálida que nunca, más cómoda que antes, más liviana que siempre, más hermosa que jamás.
Tal vez a ti no te gusta. A algunos les gusto menos ahora. No me lo han dicho pero yo lo sé. Lo siento. Me doy cuenta. Y lo comprendo.
Sin embargo yo me gustó más y más a cada paso. Estoy maravillada de la criatura en la que me estoy convirtiendo. Y esa satisfacción del darme a luz a mí misma, de redescubrirme entera, la pongo por delante de todo.
No es orgullo. No es arrogancia. Es desnudarme de veras para mirarme por dentro, para verme bien las vísceras, y admirar el esqueleto, y contarme los latidos, y reconocerme en mi cuerpo. No es orgullo, no, es valentía, osadía, descaro, urgencia, necesidad, ansia de vida verdadera.
No tengo nada que venderte. No vengo a convencerte de nada. Me muestro ante ti con lo que tengo y como soy aquí y ahora. Si espero algo es respeto. Si no puedes mostrármelo, me retiro. Los latigazos en la piel desnuda escuecen mucho y no voy a tolerarlos. No puedo. Ya no.

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