Tristeza.
Más allá de ser una emoción común, humana y para mí familiar, la estoy percibiendo estos días como una especie de velo traslúcido que modifica con suavidad y contundencia el escenario a medida que se despliega, como una tela de araña incipiente, primero invisible casi para ir volviéndose más evidente a medida que la tejedora (que soy yo) va avanzando en su hazaña vital.
Puedo seguir mi rutina revelándome funcional, desempeñando las tareas del cotidiano con naturalidad, aunque hay una cualidad de ruptura interna abrazándolo todo. La energía fluye más tenue, es un arroyo, no un río. El ritmo se ralentiza. La atención se dispersa. Las ganas se desinflan. El tono se suaviza. La actitud se ablanda. El tiempo se estira. La mirada se alarga. Y en el centro, sin habérmelo propuesto y sin querer en verdad estar ahí, me descubro de nuevo, en parte desolada y también clara y enraizada.
La tristeza para mí no es oscura ni tampoco dura. Es luminosa y suave. Pegajosa a veces. Inevitable. Consecuencia natural de las incursiones a las que me aventuro en mi cotidiano, especialmente si hay seres queridos involucrados. Todo lo que tiene un impacto sobre mí me toca de manera significativa, sin que la casualidad medie. Todo responde a un sentido perfecto, un bordado delicado y rebosante de detalles que va desvelando la imagen general que yo soy.
Así, la tristeza es una especie de brújula que me guía en el viaje hacia mis adentros, o un mapa que me marca una ruta posible de acceso. No es la única ruta posible, es una más. Otras veces tomo otras: la dicha, el placer, la frustración, el esfuerzo, el control, la confianza… La tristeza es otra vía.
Hace unos días que apareció con fuerza y aún sigue aquí. Me quita el apetito, me invita a llorar, me exige que me tumbe y que descanse, que diga que no a algunos planes, que medite sobre mí sin darle demasiadas vueltas, que me la deje sentir sin tomármela demasiado en serio, que viene para entregarme un mensaje que solo yo puedo desvelar porque está encriptado en exclusiva para mí.
Es curioso cómo al principio, cuando llega, intento zafarme de ella como puedo, sacármela de encima, distraerme o distraerla, confiando en que se esfume. Se me olvida que cuando llega trae una misión y que no se marcha hasta haberla completado. Y aquí sigue, revolviéndolo todo y diciéndome lo que sí y lo que no, exigiéndome que baje el ritmo, que pare y la mire de frente.
Me cuesta dejarme tomar por ella y me resisto porque sé que me pone vulnerable, y justo por eso aparece, para desarmarme y mostrarme qué bien se vive sin la armadura puesta, a pecho descubierto, blanda y humana. Duele todo más, sí, se siente más directo, a veces impactante, un golpe seco cuya resonancia permanece vibrante en mis cavidades durante un tiempo largo, a veces eterno. Le baja el volumen y la intensidad a todo lo demás que me rodea y que en realidad no ha cambiado: es solo que ella lo modifica al tocarlo. Donde yo miro, ahí se posa. Donde me quedo, se queda conmigo.
Me señala un corazón roto, partido, cuyas dos mitades aún encajan a la perfección, mostrando, eso sí, las grietas y el daño, recordatorios indelebles de la experiencia vivida. Un corazón que no ha dejado de latir y bombear sangre ni un segundo, y eso a pesar de los pinchazos que me envía a veces, recordándome: atenta, que la tristeza sigue aquí y me pide que te apriete, que te fijes, que nos tengas en cuenta.
Así es como veo que la tristeza anida en mi corazón, no en mi vientre, aunque la sienta allí a menudo. Vive en la copa de mi pecho. Debe ser que su reverberación se extiende en todas las direcciones y todo mi cuerpo resuena con ella. Pero es el corazón, tan abundante y generoso, quien le hace sitio y la acoge. No es de extrañar que tarde en salir, se me ocurre que además de profundo debe estar muy agusto alojada entre las mullidas y cálidas paredes de un corazón tierno, sensible, poroso.
Así que respiro y me impregno de ánimo para continuar, otra jornada, así, triste como estoy, ganando claridad, presencia, verdad, concediéndonos tiempo a mi tristeza y a mí. Yo soy su hogar. Ella, una inquilina muy dispuesta.

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