Sobre el trabajo

Oct 17, 2019

¿Qué es trabajar? ¿Quién inventó el trabajo tal y como lo concebimos ahora? ¿A qué mentes manipuladoras y desnaturalizadas se les ocurrió esclavizarnos mediante una herramienta de control tan astuta como perversa y con qué fines? ¿Es así como queremos concebir el trabajo? ¿Nos sentimos satisfechos con esta forma de ser personas trabajadoras?

Trabajar para sobrevivir. Trabajar para ganar un salario que pueda cubrir nuestros gastos, unos que por otro lado el Sistema se encarga de alimentar, para que cada vez sintamos que necesitamos más y consumamos más y nos endeudemos más, para, por supuesto, tener que trabajar más…

Trabajar un horario fijo, seis, ocho, diez horas al día. Trabajar en un puesto de trabajo fuera, a veces en lugares poco agradables, y salir de casa y sobrevivir al tráfico, al transporte público y consumir nuestro tiempo en ir, y venir, y en estar allí, en nuestro puesto, desempañando nuestras funciones, siendo productivos, eficaces, útiles.

Trabajar al mando de otros o mandando a otros, trabajar en jerarquía para ponernos por encima o colocarnos por debajo. Trabajar para que mediante nuestro trabajo otros más poderosos sigan ganando y subiendo peldaños.

Trabajar para encajar, porque eso es lo que hacemos todos desde hace siglos, porque es lo que toca. Trabajar para ser válidos. Porque trabajar nos ennoblece, nos han dicho; el trabajo nos hace dignos. Y también, en ocasiones, digo yo, nos envilece.

Trabajar para producir. Porque ése es el objetivo único del sistema capitalista. Generar más y más producto para que las personas que lo producimos podamos a la vez consumirlo. Más y más. En una espiral interminable que nos obliga sin que apenas no lo planteemos a ser productivas constantemente y a seguir consumiendo. Atrapadas. Sin escapatoria. El hámster frenético en su rueda es un ser libre comparado con la humanidad actual.

El trabajo en sí no es nocivo. Poner nuestra dedicación y talentos al servicio de una tarea que pueda resultar útil, necesaria incluso para otras personas, para el medio, eso es hermoso y necesario. Trabajar haciendo algo que nos nutra, que nos apasiona, que nos llena de ilusión, que siembre bienestar, esperanza, saberes y aprendizaje en nosotros y en nuestro entorno esto debería ser imprescindible. Trabajar desde nuestros dones, desplegando habilidades y cualidades internas, haciendo cada uno lo que le gusta, lo que se le da bien. La panacea.

Y hacerlo a nuestro ritmo, cada persona al suyo. Sin horarios estrictos, sin objetivos inflexibles que cumplir, sin exigencia ni normativas rígidas a las que responder. Trabajar sintiéndonos responsables de nuestra función porque valoramos lo que supone para los demás y lo que el trabajo de otros nos aporta a nosotros. Sin necesitar la monitorización de nadie, sin sentirnos vigilados ni que nos exprimen la vida, siendo y sintiéndonos responsables y al mando de nuestra existencia.

Trabajar sólo para cubrir nuestras necesidades, tomando conciencia de que no precisamos de tanto, que podemos vivir felices con menos, con muy poco incluso, aunque desde afuera nos bombardeen con ideas, con anuncios, con productos, insistiendo en que necesitamos más. Ofrecer nuestro servicio y obtener un pago (en moneda, en especie, con agradecimiento, con trueque de favores…) justo y digno a cambio. Y sentirnos así satisfechos.

Trabajar en trabajos invisibilizados. Trabajos casi siempre desempeñados por mujeres. Abuelas, madres, cuidadoras. Mujeres todas que se levantan temprano, preparan la comida y el desayuno a los suyos, limpian, friegan, planchan, organizan, hacen la compra, cocinan fresco a diario, mantienen el fuego del hogar, la calidez del hogar, los vínculos con la familia, planifican, estiran el dinero, gestionan, hacen malabarismos, cuidan, amparan, dan cariño mientras encuentran espacio para tejer, cantar, danzar, hablar con otras mujeres, disfrazarse, reír, dibujar, pintar, escribir, inventar recetas, modelar, practicar un deporte, escalar montañas, cultivar la tierra, cuidar las plantas, aprender de las hierbas, actuar, aullarle a la luna, meditar, orar…

¿Acaso no es eso también trabajar? Y siendo así, ¿qué contraprestración perciben estas trabajadoras? ¿Se sienten ‘pagadas’, valoradas, incluidas?

Yo, imagino que como la mayoría de nosotras, aprendí que tenía que trabajar para vivir y que el trabajo era lo primero. Nunca supe a qué quería dedicarme, nunca tuve una vocación clara. Confiaba en que, ya que había que trabajar, con mis habilidades encontraría qué hacer en cada momento y daba por hecho que me sentiría feliz y satisfecha.

Y así fue al principio, por la sensación de logro, de sentirme crecer, de volverme algo más autónoma e independiente, de ir conquistando ciertos grados de libertad… Así fue, pero sólo durante un tiempo, hasta que dejó de serlo porque aquella nave comenzó a hacerme aguas por todas partes.

He dado clases particulares, he servido cervezas, he cuidado y entretenido a criaturas de otros, he guiado visitas culturales, he atendido mesas, he hecho traducciones, he redactado contenidos y corregido textos, he administrado una oficina, he realizado informes de ventas y comisiones, he ayudado a clientes y a compañeros a resolver sus gestiones, he lidiado con proveedores, he impartido formaciones en empresas a equipos de trabajadores, he acompañado procesos de auto-conocimiento y de duelo… Y me cansé. Me he cansado.

Estoy cansada de trabajar afuera. De buscarme la vida, de que todo suponga siempre tanto esfuerzo y tan poca gratificación, por no hablar del maltrato… ¿De verdad la Vida es esto? ¿Esto es vivir? ¿Trabajar es vivir? ¿Vivir es trabajar? ¿Soy en la medida en que trabajo? Y si no trabajo, ¿quién soy?

Comencé a hacerme estas preguntas por primera vez en septiembre-octubre de 2006, cuando una muerte sacudió los cimientos de mi vida. Se quedaron resonando bien fuerte en mi interior impulsándome a buscar otras maneras, otras vías, diferentes fórmulas. Y a encontrarme de bruces con muchas trampas del Sistema, con los maltratos, con los abusos, con las mentiras y las trampas, con más frustración…

¿Tal vez la insatisfacción permanente, la rebeldía, el cuestionamiento, el ir en contra son parte inherente de mi neurosis? ¿O puede que una parte mía esté dejando aflorar un malestar genuino que simplemente no casa con lo social y culturalmente aceptado?

Me ha costado años de camino ser capaz de verbalizar, aunque la primera vez lo hiciese susurrando y a una sola interlocutora de total confianza que sabía no iba a juzgarme, que yo no quiero trabajar más. Así no.

Quiero ser y sentirme libre. Libre para atender mis necesidades internas, descansando cuando lo preciso, parando cuando lo siento necesario, movilizando cuando lo creo oportuno, accionando cuando la energía me lo permite. Libre para decir que sí, que no, cuándo, cómo, de qué manera, con quién, para qué, dónde. Libre para asociarme o desvincularme, para acercarme o alejarme de acuerdo con mis necesidades e intereses, velando además por las necesidades e intereses de la comunidad también. Libre para quedarme en mi hogar, con los míos, y cuidarme y cuidarlos y ser una de esas trabajadoras invisibles, y sentirme plena y satisfecha con el respeto y el reconocimiento de los míos y de la sociedad. Porque es justo y necesario que así sea.

Pienso mucho en mi abuela Gloria, que me crió, y en cómo era su día a día de ama de casa. Ama de casa. ¡Qué expresión tan hermosa! Dueña y señora de mi hogar. Propietaria de mi espacio. Patrona de mi morada.

Mi abuela era ama de su casa. Mi abuelo trabajaba fuera y traía el dinero. Mi abuela trabaja dentro y lo gestionaba. Vaciaba y fregaba las escupideras, mullía los colchones de lana, limpiaba, hacía la compra, paraba a media mañana para tomarse una leche manchada con las vecinas, cocinaba, ponía la mesa, la quitaba, recogía la cocina, veía la novela, echaba un ratito de siesta en el sillón, hacía punto, planchaba, tendía o recogía la ropa mientras canturreaba, preparaba la merienda y la cena y dejaba todo limpio y recogido antes de sentarse otra vez para descansar después de todo el día.

Sé que mi abuela llevaba por dentro sus pesares, que se quejaba de cosas, que se enfadaba, que tenía miedos y acarreaba dolores del alma después de sobrevivir a una guerra civil y a la muerte de una hija. Y también es cierto que yo la sentía y aún la recuerdo como una mujer feliz. Satisfecha. Ama de su casa.

También quería que yo estudiara, que me formara, que tuviese opciones. Tenía razón y así lo hicimos todos sus nietos. Pero mi abuela, como tantas abuelas y abuelos, como tantas madres y padres, pensaba que ése era el camino de la mejora, el único camino y la garantía plena de una vida mejor, más digna, más libre tal vez, más feliz. Y esta nieta suya que fue la primera siente que no es así o no lo ha sido de momento para ella, o no lo está logrando y por eso ha virado el timón para, de momento, cambiar de rumbo y ver qué descubre siguiendo esta otra ruta.

Yo ahora mismo solo quiero ser eso. Dueña y señora de mi hogar. Me doy por satisfecha. Si me dejo en paz con ello, la verdad es que me siento tranquila y feliz así. Arrastro decepciones, esfuerzos, estoy cansada, desalentada, desesperanzada. Quiero parar, necesito parar, quiero descansar, cuidarme y cuidar, mirar por mí y por mi gente. Quiero dedicarle tiempo y espacio a mi crecimiento. Quiero mirar para adentro. Aunque esto no esté generalizado en mi entorno, aunque pueda resultarle poco productiva al sistema, aunque este deseo mío tan vivo no encaje con la realidad capitalista que me imponen desde fuera. Aún así yo necesito y quiero parar.

Me lo he preguntado muchas veces y de maneras distintas, como para pillarme a mí misma en la trampa y no, no siento que esta postura mía sea irresponsable ni infantil. No me estoy escabullendo de lo que me toca. Justo quiero hacerme cargo de lo que en realidad se me está revolviendo por dentro. Necesito poner distancia para tomar perspectiva, porque veo que he estado muy perdida. Trabajar por trabajar, para ganar dinero, porque eso es lo que hay que hacer… No. Basta ya. La criatura que se retuerce en mi interior se ha hecho fuerte y poderosa y reclama mi escucha, su espacio. Ha venido para hacerse oír, para levantarse y ser, y aunque me cueste dolor e incomprensión parirla al mundo, es la única vía posible. Para ella. Para mí. Para nosotras.

Veo el trabajo como esclavitud, veo que hunde sus raíces en un capitalismo feroz, hijo aventajado del voraz y agresivo patriarcado, que nos ha colocado a las mujeres o en espacios invisibles y despreciados o en la lucha por competir y parecernos a los hombres. Y no. Yo no quiero ni una cosa ni la otra. Ya no.

Quiero gobernar mi casa y sentirme aquí libre y valiosa, y también confío en seguir desempeñando y en descubrir nuevas funciones afuera que me nutran y me impulsen a seguir creciendo, revirtiendo ese crecimiento en mi entorno. Ésa es la mujer libre que aquí y ahora quiero ser, porque la que estoy llamada a ser aún no la veo del todo clara pero la intuyo, y siguiendo esta senda se va a ir desplegando a placer.

Aspiro a sentirme satisfecha, valorada y bienpagada. Y si para lograrlo necesito renunciar a alguna de las falacias que me tragué como consecuencias de la ‘sociedad del bienestar’ que me han vendido, ahora estoy dispuesta a hacerlo. Pagando los precios que supone: el juicio interno primero, el juicio o la incomprensión ajena después, el simplificar mi/nuestra vida, el vivir de un modo más austero, el discernir entre lo importante y lo superficial, el establecer prioridades, el arriesgarme a no cumplir ciertas reglas…

No tengo aún todas las respuestas ni un destino claro al que dirigirme. Voy construyendo la ruta a medida que avanzo, sobre la marcha, con muchas preguntas y dejando espacio. Espacio para respirar y para descansar. Y así, ojalá, poder sentir cristalino algún día quién soy y para qué he venido a esta Vida.

0 Comments

Submit a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Suscríbete

Para recibir mis publicaciones por email.