Esto de vivir es un camino continuo de aprendizaje que vira, gira, da vueltas, avanza, se frena en seco, acelera y que termina solo cuando se nos acaba la vida.
Vivir es aprender y aprender es crecer, tengamos la edad que tengamos. No hay otra manera de ser humanidad en la Tierra, no existe otra forma de ser persona.
Aprendemos y crecemos por encima incluso de nuestra propia voluntad, porque la Vida y su evolución así lo establecen para garantizar la supervivencia. Y el día que no lo considere más oportuno, nos pondrá fin como especie y dará espacio a otras formas de vida, que también a su vez pasarán.
Como pasa el gozo, y el llanto, el sufrimiento y la risa, como se agota la juventud y llega la vejez, como se abre paso el día y se extingue la sombra. Todo pasa y todo llega.
Nada es permanente en esta existencia tan amplia como insondable, en este universo infinito de energía y posibilidades. Siempre hay algo que comienza mientras otro se diluye para dejar de ser. Yo misma soy frágil, vulnerable, mortal, finita. Me voy muriendo a cada paso, con cada respiración. Estoy en continuo proceso de vida y de muerte.
Y sentir eso como cierto me lleva a tener menos miedo, a aceptar que la Vida es, que soy pequeña y temporal, que Notre-Dame tan grandiosa también lo es. Que si algo perdura después de nosotros es el legado que dejamos, nuestra estela. Y de que sea luminosa es de lo único que podemos encargarnos mientras estemos aquí.

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