Hay una fiera habitando los pliegues de la noche.
Vive agazapada entre las sombras ajena al miedo.
No tiene edad ni tiene nombre o especie que la defina.
Se mueve sigilosa y certera, con la mirada enfocada.
Caza cuando tiene hambre y el resto del tiempo descansa.
Se mueve por instinto y el olfato y su oído la guían sin espacio para el error.
Habita las cuevas, se mece en la pradera, recorre los bosques y la orilla de los ríos.
Existe sola y en comunión con cada elemento del entorno.
Sabe que hoy llueve, mañana hará calor, que la noche precede al nuevo día.
Piensa poco, no le hace falta, vivir es sencillo.
Respira, observa, come, dormita, busca un lugar seguro.
Confía en cada brizna de hierba, en las ráfagas de viento y en el brillo de la luna.
La oscuridad es su manto y la tierra su lecho y su trono.
Reina libre por parajes olvidados sin competir por la existencia.
Todo lo que precisa se le es dado y no hay esfuerzo en su modo de existir.
Se siente parte de todo sin concederse importancia.
No espera nada, no aspira a nada, busca lo que precisa y toma de lo que hay.
No piensa. Siente. Percibe. Sabe. Actúa. No se equivoca.
Reconoce el veneno y el néctar porque su sabiduría es innata.
Sabe que la soledad no existe, que es solo una invención inviable.
Su naturaleza es primitiva y eterna, terrenal y cósmica.
Puede tocar, quedarse y atravesar dolores y placeres.
Puede ser salvaje y libre porque es fiel y honesta a su esencia.
Hace tiempo que la acecho y sé que ella me deja.
Me atrevo a acercarme un poco más cada día y percibo su permiso.
Me gruñe y muestra desafiante sus colmillos y sus afiladas garras.
Me asusta tanto como me fascina y anhelo estar a su lado, ser como ella.
Me postro ante su grandeza y gateo despacio hasta sentir la calidez de su cuerpo.
Afloja los sonidos guturales que nacen de su garganta y bufa sobre mi cabeza.
Sigo inclinada, asustada y agradecida, honrada y deseante.
Me lame entera y me olisquea hasta reconocerme como parte de sí.
Se aventura serena hasta el lecho y con una mirada me invita a unirme.
La sigo, me tumbo a su lado. Siento su abrazo y sonrío.
Jamás volveré a separarme de ella.
Veremos… Su voz resuena dentro de mí.
Veremos, sí, le respondo confiada

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