Por amor a mí, a mi ser, a mi bello cuerpo de mujer, aquí y ahora paro y me quedo conmigo, retirada, contemplando los pensamientos que pasan, las fantasías sucediéndose, mientras mi cuerpo está aquí presente con todo su aroma, calidez y paciencia, ondulante y suave, como la vida al viento, abierto, blando, liberado de ataduras, despojado de capas, sonriendo tranquilo a mi mente frenética, consciente de que ella volverá a casa porque siempre lo hace, porque lo necesita, porque está cansada y en él encuentra cobijo, consuelo y refresco.
Mi cuerpo la acoge siempre con su infinita generosidad y le ofrece toda su abundancia. Los colores, las caricias, las palabras susurradas que se pierden entre mi pelo alborotado y suelto, desordenado y vivo. Y las caderas continúan su vaivén movilizando las aguas, caldeando la poza interna, adentrándose más y más profundo con cada giro, entregadas a la música y a la cadencia que juntas entretejen, generando calor y placer y ráfagas de vida que se van colando por todos los resquicios de esta criatura que yo soy y que a veces no reconozco.
Por eso necesito parar y retirarme, para encontrarme con ella cara a cara, solas las dos, en comunión. Para mirarla de cerca y verme reflejada en ella, para maravillarme con lo que me muestra y asustarme también en ocasiones, porque gruñe y me enseña las garras, porque trae colores y texturas de universos que me parece desconocer, y lo extraño puede dar miedo. Afloja cuando lo miro, se hace grande cuando lo ignoro. Sonrío al verlo tan claro. Ella ríe a carcajadas. Es la criatura más libre que jamás he conocido. Salvaje en su libertad. Arrolladora en su belleza. Desconcertantemente divertida si la miro desde la estrechez de las normas.
Yo no atiendo a normas, me dice, tú deberías hacer lo mismo. Ya sabes que la estructura oficial te da alergia, que insistes en refugiarte en ella porque su amparo te trae seguridad, y que es una trampa porque también te asfixia. Ya sabes que cuando tienes dudas la respuesta es no, o no todavía. Ya sabes que tu intuición es un faro y que puede equivocarse, sí, pero no más que cualquier otro faro. Ya sabes que tu camino tiene valor, que tu recorrido es valioso, tus recursos un tesoro. Ya sabes todo eso. Sabes tanto ya que toca sacarlo al mundo. Es suficiente, sí. Es mucho más que suficiente. Eres suficiente. Siempre lo fuiste. Ahora solo es el momento de plantarte en esa certeza, sin compararte con nadie, sin medirte ni pesarte, solo apreciando la hermosa criatura que ya eres y ésta otra en la que te estás transformando.
La escucho sin rechistar. La observo con atención. La admiro y soy consciente de que todo lo que dice y muestra es cierto, genuino y sabroso. Me erizo entera y suspiro anhelando fundirme con ella, aquí, ahora y para siempre. Quiero pasar el resto de mis días a su lado. Entonces una ola de calor me recorre desde la base de la columna hasta la coronilla, y otra, y otra más. Cierro los ojos, abro la boca, suspiro y se me cuela entre los labios, aunque ya estaba dentro. Siempre estuvo, pero no quise reconocerla. No pude. No supe cómo.
Me besa en los labios. Me muerde en el cuello. Se ríe en mi oído. Me despeina. Se abraza a mi cintura. Me invita a danzar. Me coge de la mano y me muestra el camino. Me enseña sus pasos de baile. Me susurra piropos. Vela mi sueño. Me seduce. Me concede placeres. Me abraza. Me sostiene cuando estoy agotada. Impulsa mis sueños. Tranquiliza mis miedos. Me mira y me ve. Se hace presente. Se muestra disponible. Escucha. Atiende. Me respeta. Me concede espacio. Me trae verdad. Me hace el amor. Cocina para mí. Acaricia mi pelo. Masajea mi cuerpo. Se entrega sin condiciones. Y sigue siendo tan libre como el viento que la mueve.
Agradezco nuestro encuentro y esta fusión. Descanso en ella y en ella me activo. Magia. Maga. Sin trucos. Con vida y valentía.

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