Disolución II

Dec 29, 2024

Cuando me siento abandonada, despreciada, no tenida en cuenta; cuando no me siento cuidada, vista o acompañada en mi necesidad; cuando no me considero apreciada, valorada o toco un vacío interno que parece no tener fondo, hay algo mío que se retuerce y se duele profundamente.

Son vivencias familiares, se vienen repitiendo en diferentes momentos y escenarios, con diferentes personas, en vínculos también distintos. Tanto es así que, de manera inconsciente e involuntaria, suele emerger el miedo cuando conecto con alguien de nuevas. Me siento en peligro, no confío en que el otro pueda tratarme como anhelo, como necesito. Tal vez porque así ha sido otras veces, porque así fue como lo viví al principio, en los primeros y más importantes vínculos de mi vida. Así que me acerco cautelosa, alerta, con la armadura puesta y preparada para atacar o para salir corriendo si es preciso, evitando la exposición de mis partes más tiernas, escondiéndome, no mostrándome. Lo que sea necesario para evitar que me hieran.

Puedo reconocer mi parte infantil asustada y protegiéndose, torpe y capaz a la vez, huidiza. A veces me cuesta calmarla. Por desconfiar, hasta desconfía de mí. No le falta razón, yo tampoco he sabido cuidar de ella siempre. Yo también la he defraudado en ocasiones. Ha aprendido que no existe persona adulta cien por cien confiable. Tarde o temprano me la juegan, dice. Mejor reforzar la coraza, hacerse fuerte y autónoma, acercarse lo justo, ocultar la vulnerabilidad, presentar un personaje bien estructurado que dé el pego y mostrarse poco desde la intimidad. Así salgo del paso; no me ven de verdad, cierto, pero me dejan en paz y sobre todo, no me hacen daño. Claro, le digo yo, si acaso hieren a esa parte que muestras, que no eres tú.

Es muy inteligente el mecanismo…

Así, encuentro tras encuentro, la auto-profecía velada de esa parte desamparada se va conformando y confirmando. El personaje gana en rigidez y también en brillo. Se va perfeccionando desde sus heridas y carencias y siempre, sin excepción, se relaciona y se presenta desde ellas, a menudo sin saberlo. Las heridas primarias nos definen, nos condicionan y se apoderan de gran parte de nuestro escenario. Parecen ser nosotras.

En estos últimos tiempos vengo descubriendo, efectivamente, que no soy yo la que se duele, no es a mí a quien le pica el agravio ni la que siente el daño cuando no la ven o cuando la tratan como no desea ser tratada. Se duele mi ego, mi estructura caracterial, esa máscara que me ha ayudado a sobrevivir y con la que me he identificado tanto que he creído ser yo. Se duele el personaje y es él también el que desconfía, el que vive alerta y al acecho, pertrechándose ante cada vínculo, atendiendo recelosa a las reacciones de los demás y preocupada por la mirada externa. Esclava de su propio blindaje.

Que todas anhelamos ser vistas en nuestra totalidad y amadas por lo que somos, sin excepciones y sin taras, resulta ya una obviedad. Aun así seguimos sin ser capaces de salir a la vida sin armadura, y nos seguimos ocultando y oscureciendo en lugar de mostrarnos con toda nuestra luz y también desde la belleza de nuestra sombra. Entonces, ¿cómo espero que me amen si ni yo misma soy capaz de hacerlo? Si me avergüenzo de parte de mi ser y caigo en la desvaloración, en el juicio, en la comparación desgarradora y no puedo darme el valor, el apoyo y la admiración incondicional que me merezco, escondiéndome detrás de una coraza, ¿quién va a verme a mí y qué espero recibir?

Todo empieza por mí. De mí hacia mí. De dentro hacia afuera. Me voy despojando de  las capas, de la cota, de la malla, de toda protección posible, de las armas, de los accesorios y abalorios. Voy soltando lo que no soy y con lo que me he identificado, viendo las cicatrices, los dolores, los bloqueos y contracturas que adornan mi disfraz. Siento una cálida compasión inundándome por dentro y puedo ver de pronto todas las máscaras posibles, todos los personajes que pueblan el escenario del mundo, sus trampas y sus motivos, sus heridas y tormentos, sus mentiras, el ocultamiento y la esclavitud que nos aflige impidiéndonos resplandecer y ser libres.

Me dejo tomar por esa ola de Compasión, permito que me inunde y observo como todo lo que se interpone comienza a diluirse y a desaparecer. Solo existe espacio y luz. Miríadas de puntos luminosos refulgiendo poderosos en un continuum de oscuridad, iluminándola y transformándola con cada movimiento. Una danza celeste, si es que esto que percibo ahora es el cielo… Tal vez sea el espacio exterior, el universo, un universo… Mi mente racional no alcanza a descifrar tanta grandeza ni tal estado de pura presencia y serenidad. Mi condición humana limitada se ve desbordada ante tal manifestación de sencillez y magnificencia. Así experimento que las polaridades no existen, que las potencias que percibimos como opuestas son unidad y no hay separación ni brecha alguna posible entre nada de lo que aquí se manifiesta.

Descanso en esta verdad. Todo lo que puedo decir al respecto resulta escaso, tal es la restricción de nuestra naturaleza humana. Pero también, por alguna causa que desconozco, me permite experimentar estos destellos de completitud. Parece decirme con ellos: ves, esto es de verdad lo que somos, lo que yace por debajo de todo, el lugar del que venimos y al que siempre retornamos. Y yo sé que es así.

Aquí no hay nada de lo que aqueja a nuestra forma humana. Ni cuerpo, ni emociones, ni ideas, ni pensamientos, no hay celos, ni heridas, no existe la escasez ni hay medida de abundancia. Es la vacuidad plena. El vacío fértil. La Fuente. El hogar.

Yo soy parte de esto. Aquí reside mi cualidad divina. Y la de todo lo que me rodea.

Entonces atiendo de nuevo a mi estructura humana, con todas sus angustias y alegrías, pudiendo verla ahora con mayor distancia. No es desapego aún pero tiene su aroma.

Miro, me miro y veo la impecable configuración de este monumental tablero de juego. Sonrío. Es todo un juego. Es solo un juego. Qué prodigio… Me maravillo…

Podría tirar de este hilo dorado infinito y hacerme un sinfín de preguntas, aventurando bajo este halo de  transparencia que ahora me envuelve repuestas que podrían ser reveladoras e infalibles.

Sin embargo me quedo quieta, en pausa, manteniendo este equilibrio perfecto sin duda ni deseo. Sé que va a disiparse en breve y que la sensación de certeza va a permanecer. Cuando esto suceda, cada vez que suceda, un millón de millones de veces cada día de esta existencia humana, voy a cerrar los ojos un instante y a preguntarme: ¿qué hago ahora con el tablero de juego que se despliega ante mí? ¿Cómo juego esto que acontece y que, recuerda, no soy yo?

La vida es un juego.

Vivir es jugar.

Yo decido cómo juego lo que está existencia abre y que se altera con mi interacción.

Esa capacidad creativa es mía. Así es como puedo contribuir.

Yo decido.

Tú también.

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