Yo tenía bien marcadas con innumerables anillos concéntricos las huellas dactilares de los dedos de mis manos.
Estaban ahí, ¡lo prometo! Intactas. Unas dentro de otras, ordenadas conteniéndose, haciéndose de marco entre ellas, en perfecta armonía.
Incluso después de quemarme alguna vez en algún desafortunado accidente casero, temí quedarme sin ellas al mudar la piel de nuevo. Pero ella se regeneraba y me devolvía siempre a mi huella, la misma.
Y hace unas semanas, cinco, tal vez seis, sin previo aviso, sin explicación obvia, me di cuenta.
Me noté extraña.
Sentí la piel de las yemas de mis dedos como… Ajena. Tirante. Y muy suave.
Y al mirarlas descubro que mis huellas dactilares ya no están, se han ido, desaparecieron, y su lugar lo han ocupado un sinfín de irregulares arruguitas en vertical.
Perdí mis huellas. Sí. Gané mil arrugas. Me quedé sin el tacto de antes y en su lugar llegó otro más sutil y refinado. Dejé atrás una identidad y me hice con un tramo más de experiencia. Abandoné mi juventud para entrar en la edad madura. Cerré la primera mitad de mi vida y me adentré consciente en la segunda y última.
Sin huellas.
Irreconocible para algunos.
Extraña para otros.
Mayor para tantos.
Y para mí, yo.

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