Rutina I

Aug 5, 2023

Me levanto temprano. Veo amanecer. Me monto en el coche y aparco cerca de la playa para caminar junto a la orilla del mar. Camino dos horas, ida y vuelta, con la brisa de frente primero y luego a mi espalda. Me suelo quedar a darme un baño pero hoy está nublado y hace bastante viento así que no me apetece. Vuelvo a casa. Dejo el coche en el garaje y al abrir la puerta Mau me sorprende asaltando mi pierna con la frescura de sus patitas almohadilladas. Olfatea y araña asientos y alfombrillas y sale del coche cuando ha tenido suficiente. Subimos juntos y me sigue todo el tiempo. Lo acaricio un rato. Voy a tender la ropa y viene conmigo. Como un trozo de sandía y se sienta a mi lado. Vuelvo a sentarme en el suelo para rascarle y nos deleitamos los dos en el encuentro. Intento poner sábanas limpias y se acomoda entre ellas así que dejo el hacer la cama para después. Me parece que está inquieto; cojo mi libro y me siento en el sillón que hay cerca de la cama para estar a su lado, para que esté acompañado. ¿O para sentirme yo menos sola? No importa mucho. Estar junto a él es una de las cosas que más me gustan de este mundo. Medito un rato. Su presencia me calma. Abro mi libro y me sumerjo en la lectura. Pasa una hora y el bulto que crea bajo las sábanas comienza a moverse. Sale de su cueva de algodón y se me sube encima. Retiro mi libro emocionada: tal vez quiera acurrucarse en mi regazo. Pero no. Simplemente me olisquea y vuelve al suelo para acomodarse. Dormita tranquilo. Me encanta verlo dormir. Sigo leyendo y decide volver a la cama. Yo me recreo atendiendo a sus movimientos. Me resulta fascinante. Vuelvo a la lectura hasta que siento hambre. Voy a la cocina a prepararme algo y me sigue. Él también quiere comer. Le doy algo especial. Se lo merece. Termina antes que yo y decide salir, quién sabe a dónde. Pasa la tarde fuera y vuelve a su hora de cenar, sobre todo si me escucha en la cocina. Nunca falla. Tiene un reloj interno. Es pura lógica biológica en acción. Un maestro. Mientras está fuera sigo con mis asuntos. Lo extraño y estoy feliz porque es libre, sale y entra cuando quiere. Confío en él. Y en la Vida. Me pide su cena y se la preparo mientras ronronea entre mis piernas. Le hablo y me contesta con su irresistible maullido, una y otra vez. Come con ganas y siempre se deja un poquito. Cuestión de etiqueta. Se queda apostado en uno de sus puntos vigía favoritos de la terraza, atento a lo que sucede afuera. Me siento un rato a su lado. Algo le llama la atención y decide salir de nuevo. Está oscureciendo y ahí ya le pierdo la pista hasta medianoche, cuando desde la cama, lo escucho masticar su comida seca. Es verano, así que saldrá de nuevo a vivir la noche y volveremos a encontrarnos por la mañana, cuando él lo tenga a bien.

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