Desde el umbral de acceso intuía cierta luz y también penumbra dentro de la sala, pero sobre todo un sugerente olor a flores que me invitaba a pasar. Sin embargo, yo sentía miedo. O tal vez no era miedo sino respeto. O puede que no fuese respeto sino rechazo. Curiosidad. Magnetismo. Y miedo, sí. Era miedo también lo que sentía. Por eso me costaba acercarme a las vitrinas de cristal que poblaban la sala. Cristal transparente por todas partes y espejos que reflejaban con efecto multiplicador flores de tonos rosas y violáceos, blancos y anaranjados. Flores exuberantes formando racimos que respondían a cierto orden, guirnaldas que caían rebeldes en improvisadas cascadas, vivas, ostentosas.
Eran cuatro o cinco las vitrinas, tal vez seis. No me fijé tanto ni lo recuerdo ahora. Tenía miedo, ya lo he dicho, y cuando me asusto la atención se ve mermada por el impulso a permanecer alerta. Estaban colocadas alrededor de la sala, horizontales, herméticas. Desde dentro las flores me llamaban sugerentes y yo me acerqué despacio a una de las urnas-ataúd. Veía también las gasas, las sedas de un blanco roto, antiguo, pastel, suave. Y de pronto…
Una mano al final de un brazo pétreo, blanquecino y azulado. Como los hombros, el cuello y el rostro. Un rostro hermoso, bellísimo, de rasgos juveniles y frescos, lozano, sonrosado aún, los labios entre abiertos, los ojos descansando cerrados, una diadema de rosas alejandrinas en el cabello ensortijado y brillante. Una suerte de Ofelia ensimismada, una Daphne tal vez, una Afrodita incluso. Dormida. Eternamente. Muerta. Hermosa y muerta.
Miré a mi alrededor y me di cuenta que todas aquellas mujeres tan jóvenes y bellas yacían irreparablemente muertas dentro de sus gélídos féretros de cristal. No importaba la calidad de los naturales tejidos que las cubrían ni la despampanante vitalidad de las flores que las adornaban. Ellas eran ya sólo un cuerpo físico desprovisto de pneuma, sin latido. Sin vida.
Conmovida, sentí lágrimas recorriendo mis mejillas. ¿Por qué lloro? ¿De dónde emana esta emoción que aflora acuática de mis ojos? No conozco a estas mujeres, no sé quiénes son, qué les pasó, cómo murieron. No sé qué hacen aquí pero las veo preciosas y en paz, atendidas y cuidadas. Podrían pasar por exquisitas estatuas en un extraño museo de híper-realidad. ¿Qué me mueve entonces? ¿Qué significa todo esto y qué hago yo aquí?
Muy despacio giré sobre mi eje para atender a algo, una fuerza, que llamaba mi atención desde detrás. Y allí la vi, recostada de lado en su frío lecho, como si en un intento por zafarse de lo inevitable hubiese volcado, momificada, encogida ya la piel y la carne, acartonada sobre el duro esqueleto. Fealdad, putrefacción. La muerte física en sus diferentes estadíos de evolución. Un cementerio-museo. Los cuerpos sin vida se muestran libres de juicio en su natural proceso de descomposición.
Como las flores, con ese perfume dulzón e intenso que ahora me envuelve cargante, abrumador. Huelen de una manera cuando permanecen en la planta de la que manan, en contacto con la tierra que las sustenta. Ahí, incluso cuando se marchitan, el olor se neutraliza. Pero al arrancarlas de su origen la transformación parece mostrarse más severa. El olor, el color, la forma, una vez tan inflamados de vida, van apagándose y retorciéndose después. Tapan el hedor de los cuerpos descompuestos hasta que su propio hedor lo ocupa todo.
La muerte huele a flores en proceso de descomposición. Una vez recorrido su camino y desconectadas ya de la fuente, se desvanecen a su ritmo y sin juicio alguno. Se desprenden de todo lo hermoso que las caracterizó durante su existencia para convertirse en nada. Ya no hay expectativas ni mayor trascendencia. Fueron durante el instante en el que existieron y luego dejaron de ser. Tan sencillo. No se apegan. No pelean. No se empeñan en zafarse. Se entregan. Y ya.
Angustiada, quiero abandonar esta sala donde soy lo único que aún permanece con vida. O tal vez no… ¿Mueren las flores en el momento en que las arrancamos de su tallo? ¿Estoy ya en proceso de descomposición?
De pronto una pequeña mariposa blanca revolotea con pausada gracia a mi alrededor mostrándome la salida. La sigo, con el miedo recorriéndome aún todo el cuerpo y esa sensación generalizada de dolor que suele traer adherido. El miedo duele en el cuerpo, sí. A mí me duele. No sé si las flores lo sienten, si lo siente acaso esta mariposa… Las que más, viven dos o tres semanas, maestras también de la belleza, la transformación y lo efímero.
Salimos juntas y desaparece entre la vegetación y los arcos del patio exterior. Hay una fuente en el centro que mana agua clara. La luz del sol penetra desde lo alto con contundencia. La vida tiene tanto peso como la muerte. Son lo mismo. Dos espacios contiguos que se suceden hermanados.
Ya no siento miedo.
Y entonces, despierto.

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