En bucle

Mar 15, 2023

Sin quererlo, sin buscarlo, temiéndolo de hecho, ahí me veo de nuevo.

El dolor, la tristeza, el miedo, la ira, la sangre… Muerte. Muerte. Llanto. Desesperación. Agotamiento. Noches sin dormir, días sin comer apenas. El frío, los pies y las manos heladas, el calor interno,el sudor. La tensión en el cuello, la espalda agarrotada, la mandíbula dolorida, incomodidad. El estómago revuelto, las naúseas constantes, el estado febril. La mente como ausente, adormilada, a medio gas, mientras otra instancia más amplia está despierta como nunca, atenta, registrando, percibiendo. Confort, un instante, un minuto, una leve cabezada en la que rendirme al descanso. El tiempo que se estira interminable y que sin embargo pasa veloz. Hay sosiego y serenidad en mí, y también angustia y desconsuelo. En constante movimiento, opuestos en apariencia que se entrelazan y se disuelven al tocarse. El frío y el calor, la desesperación y la serenidad, la salud y la enfermedad, la luz y las tinieblas, la muerte y la vida… Dándose la mano, mostrándome que la dualidad es una ilusión, que donde asoma una realidad, la aparentemente opuesta está contenida también. Y que debo vivirlas ambas. No hay escapatoria.

Todas las vivencias similares que he atravesado hasta ahora parecen darse la mano con la llegada de esta última. Son como perlas ensartadas en un mismo collar. Aunque van llegando paulatinamente en el tiempo a medida que se suceden las experiencias vitales que las generan, parecen predeterminadas, como si llegasen directas a encajar en un diseño previo que ya está apuntalado, aunque invisible, que existe de alguna forma inasible en algún espacio de esta realidad, y se dirigen hacia él certeras, sabiendo a dónde van y que ahí de hecho está su sitio. Siguen un patrón todas, tienen la misma línea, y a la vez son diferentes entre ellas, desiguales, en tamaño, en textura, en su forma y color, mostrando sus imperfecciones y nudos y encajando entre sí con una sintonía perfecta. Al ir viéndolas juntas, ahora que cuento con varias, me maravilla la lógica que dibujan, la coherencia que las hila, sin que además me haya yo empeñado en buscarla o en que así fuese. De hecho siento que todo se va sucediendo a través de mí pero sin mí, para mí y con mi impronta pero hilvanado por algo que me trasciende.

Cuando veo esto, algo en mí se calma. La tristeza, el miedo y el dolor se calman. La ira también se relaja, y puedo confiar. Quitarme importancia, abrazar la experiencia con todo lo que trae adherida y agradecerla. Agradecer su forma, su contenido, la belleza que despliega, lo que me ayuda a ver y a crecer, su sentido último, su pureza. La gratitud es verdaderamente balsámica y reparadora. Sentirla, manifestarla, ponerla en práctica, recibirla. Y además, deshace la arrogancia e incluso el miedo y el dolor. La coraza egoica se resquebraja o se afloja un poco cada vez que puedo ser gratitud, y encuentro un espacio ampliado de descanso en el que dejarme caer.

También me asusta que se sigan sucediendo experiencias de este tipo, que lleguen más perlas y el collar se vaya alargando, que duelan más, que se endurezcan, que el dolor se ensanche… No quisiera que así fuera y tampoco está en mi mano evitarlo, provocarlo o interferir. Solo puedo estar presente con lo que se manifiesta en cada momento, siendo consciente que eso que llega a mi collar es mío y para mí. Rechazarlo, por tanto, es inviable. Abrazarlo es la única vía posible. Cuanto más genuina es la aceptación y menos se pertrecha la resistencia, mayor es la serenidad y menos sufrimiento me genero.

Así que transformo ese bucle en un collar, de las vueltas que sea. No lo veré completo hasta mi final, que no sabré cuándo es hasta que llegue. Mirados desde ahí, el miedo, la sangre, el dolor, la muerte adquieren otra dimensión que lo llena todo de sentido.

La vida es un bucle sin final definitivo, sin cierre, en el que me desplazo.

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