Cuando estoy inquieta me doy buena cuenta. Tengo un runrún incesante en el estómago y el corazón parece latir más rápido, más fuerte o ambas cosas a la vez. Me cuesta concentrarme, me disperso, y cuando el motivo de mi inquietud es muy obvio, vuelvo la atención a él una y otra vez, una y otra vez, sin descanso, de forma repetitiva.
No siempre me sirve bien mirar y remirar eso que motiva mi inquietud. Si ya movilicé lo necesario para resolverlo y aún así continúa presente, tal vez sea porque su presencia en mi realidad tiene aún más recorrido pendiente.
Así que practico el aceptar que así es, que ese asunto sigue ahí, que no voy a hacer nada más por zanjarlo. Si me incomoda o más bien me incomoda la inquietud que me genera, lo abrazo todo. Mi inquietud me pertenece, excluirla no me ayuda. Tampoco me sirve mirarla solo a ella porque soy mucho más y hay mucho más en mí que atender.
Respirarla me sirve para desinflarla, para ayudar a que disminuya su tamaño o su intensidad. Respirarla y dejar que el sonido se exprese en cada exhalación. Entonces, a veces, después de liberar la voz al expirar, llega el llanto. Un llanto antiguo, infantil, desesperado incluso. No me asusto, no lo juzgo, no me voy a la mente para preguntarle qué me pasa y por qué lloro así. Lloro porque lo necesito, y sigo haciéndolo el tiempo que sea preciso, respirando con consciencia, soltando. Parece que hay mucha tristeza oculta bajo mi llanto. La dejo salir hasta calmarme.
Por supuesto que el asunto que motiva mi angustia en lo externo no se resuelve necesariamente porque yo respire o aunque llore mucho. Lo que sí genero es un espacio de mayor calma y ligereza dentro de mí, y desde ahí puedo o no abordar de nuevo esa angustia, resolverla o no, pero sin duda voy relacionándome con ella de otra manera más ecológica.
Es de verdad poderosa la respiración. Sin conciencia, se despliega sola sin centrarme ni fijarme siquiera en ella. Uno de esos milagros del cuerpo que sucede sin cesar de manera automática y perfectamente orquestada para mantenerme con vida.
Con conciencia, asiste de maneras fascinantes. Lo saben bien los deportistas, las mujeres cuando están dando a luz, los amantes, los que se ven tomados por un dolor físico fuerte, los buscadores que acceden a estados expandidos de conciencia con la práctica de una respiración concreta.
Inspirar es lo primero que hacemos cuando salimos a la vida. Expirar es lo último justo antes de dejarla atrás. Y ambos son momentos que pueden conllevar tremenda inquietud.
La vida comienza con una inspiración y termina en una exhalación. Y a mitad de camino toda una sucesión de lugares y vivencias que atravesar, respirándolas y respirándome en ellas.

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