A veces no me sirven las palabras que normalmente empleamos para nombrar ciertas realidades, ya sea por su significado en sí, por las connotaciones con las que las cargamos o incluso por cómo suenan. No utilizo por ejemplo la palabra ‘aborto’, que tiene para mí terribles implicaciones y que además me suena horrible.
Algo parecido me pasa con ‘menopausia’, en este caso por la carga social y emocional que lleva adherida, el rechazo e incluso el estigma que la rodea. Todas las incomodidades y molestias que genera a tantas mujeres aparentemente, el malestar, los cambios no deseados y a menudo repentinos, la transformación inevitable y a menudo incluso penosa que conlleva.
Nos anuncia un fin de ciclo, el de la vida reproductiva. Igual que la pubertad comienza para nosotras con la menarquia, la entrada a la vida reproductiva. Y bien poco se habla de esta última, me parece que porque seguimos sin darle a la infancia la relevancia que tiene y también porque no se le ha ocurrido a nadie aún como medicalizar y monetizar este estadio de la vida de la mujer entre la adolescencia y la edad adulta. ¡Y cómo han sido estos inicios de ciclo para la mayoría de nosotras! Desagradables, vergonzantes, extraños, incómodos, solitarios… En unas edades además donde contamos con pocos recursos personales para afrontar un cambio así, se nos cubre de topicos que no ayudan nada a integrar lo que viene, con poca naturalidad y verdad para abordarla, un clima que no acompaña en absoluto este momento vital decisivo para la vida de la mujer, más allá de que desee, pueda o llegue a ser madre biológica en algún momento.
No conozco ningún testimonio de jóvenes ni de mujeres que hablen de su comienzo del ciclo menstrual con alegría, a todas nos faltó y nos sobró mucho y echamos de menos sensibilidad, información veraz y clara, naturalidad, respeto, apoyo. En lugar de eso tuvimos risas, bromas, ironías, expresiones veladas, sentimos un cambio de actitud repentino hacia nosotras que no entendimos y a menudo nos vivimos avergonzadas, extrañas y solas.
El caso es que con la menarquia nos volvemos fértiles, posibles madres potenciales, y con la menopausia dejamos de estar biológicamente disponibles para engendrar criaturas en nuestro vientre. Y esto tiene una consecuencia de enorme poder y tremendas dimensiones: la libertad.
Así, podemos ver la menopausia como un proceso alquímico, como símbolo y arquetipo incluso, y salvando las situaciones particulares, un momento vital que nos habla del umbral de acceso hacia el auto-nacimiento, el momento para parirnos a nosotras mismas, para darnos a luz. Para mirarnos desde dentro con todos esos cambios que se manifiestan en nuestro ser para traernos de nuevo a la vida desde nuestro propio impulso y con el impulso de todo el recorrido previo que nos ha forjado.
Las mujeres asiáticas, las africanas, las mujeres que viven en comunidades tribales parece ser que no acusan los síntomas que en occidente manifestamos tantas mujeres. O tal vez sí manifiestan algunos de ellos pero intuyo que los naturalizan y abrazan como parte de su proceso.
Puede que sus prácticas rituales o espirituales las ayuden. Aquí en occidente nos hemos separado casi del todo de la espiritualidad. Puede que el apoyo mutuo entre mujeres y el respeto del resto del colectivo hacia su situación supongan un gran apoyo. En este mundo nuestro se nos ve como yermas, viejas, poco atractivas. Es posible que la dieta y la alimentación de esas otras culturas más conectadas a la tradición y a la Tierra hagan las veces de reguladores. En nuestra realidad tenemos que re-aprender a nutrirnos, a alimentarnos y eso pasa por escuchar a nuestro cuerpo y saber qué es lo que nos está diciendo.
Nuestra sociedad, una vez más, medicaliza otro de los procesos naturales de la mujer, y con ello, nos pone en un lugar pasivo, colocándonos las etiquetas de pacientes, enfermas y necesitadas. Y abre la veda para comercializar todo tipo de fármacos, consultas, talleres y consejos, como si no tuviéramos ya en nuestros genes toda la sabiduría y el conocimiento precisos de todas nuestras ancestras para adentrarnos en este tránsito con toda la fuerza, el poder y la dignidad que merece y que merecemos.
No me expreso en contra de ninguna mujer, al contrario: escribo a favor de todas nosotras.
La menopausia, el climaterio hacen parte de la sexualidad de la mujer. Y nuestra sexualidad, como nuestro cuerpo, que es donde se manifiesta, nos pertenece. Depende de nosotras.
De nosotras depende cómo la vivimos y la expresamos, cómo la cuidamos y la atendemos, si nos apropiamos de ella o la dejamos en manos de otros. Si medicalizamos el proceso y nos victimizamos, si ponemos el poder y el saber afuera o miramos hacia dentro, dispuestas a recorrer las catacumbas del inframundo a las que este proceso nos invita para resurgir renovadas.
Porque esta etapa vital invita a la entrada de la hechicera que llevamos dentro. Y una hechicera es alguien que se maneja en las sombras tan bien como en la superficie. Una fuerza de la naturaleza que agarra su miedo y a su fiera para mirarlos de frente y hacerse cargo de ellos.
Puede asustarnos, sin duda. Occidentalizadas, erróneamente masculinizadas, desconectadas de nuestro instinto, inconscientes a menudo de los nudos que la represión ha ejercido sobre nuestro cuerpo y todo nuestro ser, cuando esta mujer medio salvaje y madura comienza a golpear nuestras cavidades internas sentimos una avalancha ingobernable, un tsunami vigoroso que escapa a cualquier control. Y nos han criado para controlar y para aceptar el ser controladas así que la batalla está servida. Dentro de nosotras.
La menopausia para mí no es una enfermedad sino un proceso vital biológico y espiritual. Es un Rito de paso que nos invita a inaugurarnos en la madurez plena. Es un prodigio creativo que no precisamos racionalizar sino que necesitamos agarrar, adueñándonos de él. Que vaya al médico quien quiera y lo precise, por supuesto, que se hormone la que lo desee, faltaría más, que vivamos cada una nuestro proceso como elijamos. Que por encima de todo nos cuidemos y nos respetemos.
Yo nunca me había sentido con tanta claridad, valentía, coherencia y poder interior como ahora. Ni el torbellino mental ni el torrente emocional me arrastran como solían, la intensidad ha cesado en favor de la serenidad y de la vivencia de desidentificación de lo que me pasa. El síntoma más incómodo, cuando se da, es la oleada de calor interno que sube desde el pecho a la cabeza con potencia y velocidad. La recibo con humor y le digo «fulmina todo lo que no es genuino, redúcelo a cenizas«.
Yo creo que me escucha y que de hecho hace lo que le pido, porque la sensación de ligereza se acrecienta y parece establecerse en mí, no se agota ni desaparece, y todo esto unido, después de años de vivir en contacto con la inseguridad, la comparación constante o el percibir me como inadecuada, es una bendición.
Nuestra mente es poderosa, lo que creemos también. Yo elijo lo que quiero creer y decido en función de lo que me hace bien. Me siento más capaz, más libre y más poderosa y plena que nunca antes y eso es un tesoro para mí, mi tesoro, conquistado durante estos 51 años de experiencias. Venga con lo que venga, lo abrazo agradecida. Estoy viva, con salud, entusiasmada, enamorada de la vida y de mí misma. Amo todo lo mío y confío en seguir haciéndolo hasta que me muera y que eso suceda dentro de muchos años, para pasar de mujer madura a mujer mayor, vieja, anciana, bruja… Aquí estoy para abrazarme.

0 Comments