Poética de lo cotidiano, II

Feb 15, 2026

¡Con qué serenidad y elegancia
se deja caer la lluvia!
¡Qué prodigio de humildad, de desapego
y de confianza en la existencia!

Se desploma con firmeza
de entre las nubes
y encuentra un centrímetro,
cuadrado o cúbico,
donde dejarse estar.

Desde ahí,
con callada modestia,
ejerce su labor de hidratación
o se evapora, enseguida,
con invisible delicadeza.

Dejó de ser,
de existir.
Duró un instante.
Se formó,
se desprendió
y cayó.
Sin más.
Con todo.

El movimiento libre
de la naturaleza en acción
es sencillo, y a la vez,
encierra una grandeza abrumadora.
Un misterio que se acomoda silencioso
detrás de cada ruidosa explicación científica,
ajeno a la enrevesada complejidad
de las justificaciones humanas.

Si la lluvia hablara creo que
diría algo así como:
«soy líquida, soy fresca. Soy tú«.
Y se perdería generosa
entre mis dedos
dejando una huella fugaz.

Tal vez la misma que dejaré yo.
Una huella breve y minúscula
en un espacio infinito.
Y será mi huella.
Y yo seré todo
y seré nada.
Sin huella ya,
sin agua.

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