Nueva yo despierta

Jan 11, 2026

Ayer fui a danzar en tribu, como tantas otras veces, en un espacio conocido, seguro, bello, abierto a la experimentación corporal, al juego y al disfrute. Hacía dos meses desde la última vez y esa ausencia tan prolongada de mi círculo de danzantes es algo inaudito para mí.

Me desperté cargada, cansada, con la energía bastante baja, desganada respecto a casi cualquier actividad. Pasé el día prácticamente haciendo nada, sentada al sol, recargándome, y estuve tentada de quedarme en casa y no ir a bailar. Voy y me dejo sentir, me tumbo si así lo siento y disfruto la música y las danzas de mis iguales.

A diferencia de otras veces, que siempre llego a primera hora para saludar, estirar y participar en la introducción, ayer no tenía interés por entrar a lo social y tampoco por seguir las pautas que alguien ajeno me lanzase. No estaba para encajar. Así que llegué poco antes de que iniciara la sesión de baile y entré solo cuando escuché la reconocible música que nuestro dj residente suele pinchar para invitar al despegue.

Elegí mi sitio y me di permiso para entrar a mi ritmo, cerrar los ojos y mirar adentro, dejarme ser y sentir la música poblándome.

Dancé con menos alegría de la que suelo, menos entrega y entusiasmo. No me salía. No lo sentía. Sentía extrañeza. Tanta gente, muchos desconocidos, tan oscuro el ambiente, las energías atropelladas y atropellándome, mi cuerpo por momentos también me resultaba insólito y hubo un momento en el que vi con claridad que era suficiente. Sí, aunque la sesión no haya terminado, aunque haya después una relajación y un té compartido, aunque no me haya marchado nunca antes del final, hoy va a ser ese día.

Recojo mis cosas y salgo sin sensación de pérdida, con calma, sin despedirme ni darle explicaciones a nadie. Afuera en el zaguán mientras me calzo sigo escuchando la música, que continúa reverberando ya en la calle mientras camino hasta mi coche, como si quisiese atraparme con sus tentáculos sonoros y enredarme en sus vibraciones.

Hace frío afuera y agradezco entrar a mi coche que se caldea enseguida. Tras arrancar el motor me sorprendo de lo acontecido, como si no fuese yo quien ha pasado por allí de aquella manera tan impropia. Qué raro ha sido todo… Me digo. Entonces mi música entra en escena «un nuevo yo despierta» y sonrío.

Llevo 15 días en un semi-retiro que estoy disfrutando mucho, cuidando la casa de campo de unos amigos y sobre todo acompañando a su hermoso perro. Estar aquí con él estos días desapegada de la ebullición navideña me está trayendo numerosos espacios de quietud, reflexión, introspección y contemplación.

Anoche estaba contenta de volver a casa después de esa incursión a lo grupal, feliz de retornar al silencio y al cóctel que la compañía de este compañero animal tan hermoso junto con mi propia compañía crean. Es delicioso.

Le muestro mi cariño y gratitud y le doy un extra de comida. Como yo algo, me aseo, me pongo cómoda, y como internet parece no querer funcionar, qué curioso, me meto en mi gustosa cama, arropada por el edredón que mis padres me regalaron una navidad cuando aún vivía con ellos, puede que unos 30 años atrás.

Me acurruco con placer en la ligera calidez de este nórdico y soy una joven de 20 años reinando el universo de una habitación colmada de libros, cuadernos de notas, dibujos, sueños y miedos. Somos una aquí y ahora en esta cama que no es nuestra dentro de esta casa prestada que sin embargo parece pertenecernos.

Es curioso esto de la extrañeza y la familiaridad, la idea del tiempo… ¿Y si es verdad que no existe, que es tan solo una más de las invenciones humanas?

Creo que me duermo enseguida y he soñado con viajes en barco, en una furgoneta desconocida, al cargo de mis sobrinas, sin saber muy bien a dónde vamos y sin apenas dinero, pero vamos jugando por el camino y las oportunidades van apareciendo como por arte de magia. Ni yo ni ellas estamos asustadas. Avanzamos curiosas, sorprendidas a veces, y siempre confiadas.

Mi compañero canino me ha despertado para que lo deje salir antes de amanecer, me ha pedido el desayuno y yo he vuelto a meterme en la cama para ver al sol ascender y pintar su infinito lienzo de colores acurrucada aquí con mi yo veinteañera. Qué dicha…

Hemos vuelto a quedarnos dormidas un rato más y al despertar es pleno día. Paso mi termómetro interno y percibo que aunque algo dolorida en la espalda me siento más vital y energética que ayer. Escribo esto antes de salir al mar para pasear un rato y dejarme acariciar largamente por el sol y por la brisa. No se me ocurre un plan mejor para este luminoso domingo invernal, tres días antes de abandonar este semi-retiro que con tanta generosidad me ha sido concencido.

Doy las gracias antes de levantarme. Sonrío a la Vida. Aquí estoy. Allá voy.

2 Comments

  1. David

    Me flipa leerte como hablas, te veo a leer que gusto corazón no pares nunca de escribir tesoro

    Reply
    • Gloria

      Gracias, primor, de corazón, por estar ahí y por estar aquí, en mi vida. Que yo siga escribiendo y que tú me leas, siempre 🙏🏼❤️

      Reply

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