Es otoño y los días se van tornando más fríos, sobre todo si el sol está cubierto por las nubes.
Aún así, planto mis pies desnudos en la tierra y la siento cálida, esponjosa y abierta.
La tierra siempre está caliente, hasta cuando está mojada.
La tierra es cálida por naturaleza porque es vientre, hogar, útero y horno.
Se cuecen cosas dentro de la tierra y en su superficie.
Yo quiero cocerme con la tierra, acabar de madurar en ella, hacerme adulta a través de su contacto.
Me tumbo en la tierra boca abajo y la abrazo para darme cuenta en breve que es ella la que me abraza a mí.
Sonrío y una lágrima emocionada escapa de mi ojo izquierdo.
Se la entrego a la tierra. Aquí, madre, te entrego lo que soy, que es lo que tú me has dado.
¿Estoy siendo digna hija tuya, madre querida? ¿Te estoy honrando y honrando la vida que tan generosa me has entregado?
Me dices que sí de tantas maneras que rompo a llorar como una niña eterna, sin pudor, sin miedo. Lo estás haciendo muy bien, hija mía. Gracias.
Y yo sé que es verdad.
Hay algo enorme que se ensancha cuando la madre agradece a la hija.
Hay heridas que se cierran, ventanas que se abren, universos que se manifiestan, lágrimas que se enjuagan y se tornan dulces, sonrisas que emergen del corazón y se expanden por todo el cuerpo y hacia el exterior reverberando sin límite.
Me quedaría por siempre a vivir en este abrazo.
Anda, hija mía, ve a la vida, con todo lo que eres, con todo lo que te he dado, que es todo lo que soy. Anda, ve, vive, mi niña preciosa.
La beso agradecida, llorando conmovida.
La tierra me ha dado todo lo que es. Todo lo que tiene. Cuánta entrega, qué grandeza.
Quiero honrar tantos regalos siendo una extensión viva de lo que la Madre me ha otorgado. Quiero ser digna hija de la Madre.
Así que camino descalza sobre mis tiernos pies y sobre la mullida alfombra que mi Tierra Madre despliega para mí.
Digna hija suya, sí. Lo soy.
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