Si puedo elegir, y ahora sé que puedo, prefiero la alegría a la euforia, la tristeza a la melancolía, el cansancio al agotamiento, el enfado a la ira, el gozo al orgasmo, la aceptación a la queja.
La diferencia es abismal y radica en una clave: la intensidad, esa fuerza con la que algo se manifiesta y que termina empapándolo todo y a menudo dejándolo perdido.
Prefiero menos intensidad en mi vida ahora. Es agotadora. Su magnetismo y vigor son de un atractivo indiscutible que también me deja a menudo desolada. Es como celebrar una fiesta fabulosa en casa y verme sola y agotada al día siguiente para recogerlo todo.
No. Ya no me atrae tanto. No me compensa. Pensarla inundándolo todo con su brillo, colores y músicas me da tremenda pereza. Llega sin avisar y parece ofrecerlo todo a cambio de nada pero lo cierto es que luego me pasa factura tras y el precio es cada vez más alto. No me lo quiero permitir ya. Estoy más cansada. O me volví más sensible y veo que no la necesito, que no me sale a cuenta.
Prefiero la suavidad, exquisita en su toque, dulce, apacible, lenta. Con ella reina la calma, el sosiego, la placidez, todo se vuelve más real en su sitio y me percibo más clara y firme en el mío. No tengo que entrar y salir de ella ni tampoco ella irrumpe para luego abandonarme. Se queda, permanece, con su delicada elegancia lo acaricia todo y todo se transforma en ternura.
Me gusta compartir mi hogar con ella, le pido que se quede y asiente sonriendo. Sé que las sonoras carcajadas de la intensidad se volverán ansiosas pidiéndome echar la puerta abajo. Haré lo que pueda para disuadirme de su encantador embrujo, y si caigo, sé que el antídoto está ya conmigo para siempre, leal y solícito, disponible y al alcance, sin peligro de que se terminen las existencias ni de que caduquen.
Excedente de tranquilidad. Un sistema nervioso en calma, a salvo, trabajando en su justa medida, vibrando en armonía. Sin excesos, sin precisar de compensación. Equilibrio y paz. Descanso. Salud. Felicidad. El sentido de la vida.

0 Comments