Puedo acercarme a ti casi en cada ocasión y disculparme por lo que hice, por lo que dije, si es que algo de eso te hizo daño. Puedo hacerlo desarmada, blanda, abierta, sin defenderme de nada, solo aceptando que aunque no quise herirte, terminé haciéndolo, que mis palabras o mis hechos tocaron tu herida sin yo ser consciente de que así sería. Sé que duele y cómo duele. Comprendo cómo te sientes porque yo también he estado ahí. Por eso, si te miro y cuando te escucho, puedo acercarme humilde y decirte que lo siento, que no era mi intención herirte. Puedes no creerme o no aceptar mis disculpas; tu decisión está fuera de mi alcance. Pero mi movimiento de desarme y entrega me deja suave y en calma, y eso es bueno para mí, además de un gran aprendizaje.
Me disculpo por el qué y por el cómo, no por quién soy, porque sé muy bien que no hay maldad ni deseo de dañar en mis acciones. Porque no hay nada mal en mí, no existe tacha ni tara. No estoy defectuosa ni existen en mí partes desechables. Soy un todo coherente y sano que se entrega valiente a la experiencia, que se vive a través de cada una de sus partes con intensidad y a veces también con torpeza. Los nuevos caminos suponen grandes retos y tropiezos. Yo me he caído, perdido y desesperado, muchas veces, y ahora no me avergüenza reconocerlo, porque gracias a cada caída he podido aprender tanto… Con las rodillas raspadas y las manos desolladas, con los ojos inflamados por el llanto y la boca seca, he tocado fondo las veces suficientes como para dar con mi humanidad más pura y blanda, y de esto me enorgullezco.
Conozco el camino de descenso. No es mi ruta favorita, aún me aterra o me asusta al menos. Me pongo a temblar como un animal en peligro cuando intuyo que se acerca, que viene de nuevo a mi encuentro. Sé entonces que no hay atajo ni escapatoria, que la única vía es a través, y respiro profundo para encarar la bajada, confiando en que en la profunda oscuridad de la caverna volveré a encontrar un tesoro, que puedo sobrevivir allí el tiempo que me toque estar y que sabré encontrar el camino de vuelta y completar la ascensión.
Así que cuando me acerco a ti voy con todo esto a cuestas. Cuando te hiero sin pretenderlo, cuando te pido disculpas por el daño infringido, todas las vivencias de mi ser se despliegan en cascada y se movilizan conmigo. Y un recordatorio hace sutil acto de presencia: estás aquí para dar y recibir, has venido a aprender y por encima de todo a experimentarte como el Amor que eres y experimentar el Amor que es. Si aún quedaba alguna barricada en pie, se derrumba por sí misma ante esa tenue y contundente revelación.
Vivir no es una guerra, no tengo que defenderme de nada ni atacar a nadie. Mi existencia no está en riesgo ni nada puede atentar contra la tuya. No somos enemigos ni el vínculo en el que nos encontramos es un campo de batalla. Somos dos seres heridos buscando un lugar seguro donde dejarnos estar y en el que anhelamos encontrar Amor, volver al hogar, ese que abandonamos hace tanto que recordarlo es casi imposible. Pero sí, queda un regusto a cómo es, dónde está, la reminiscencia de su firme existencia y nuestro afán por retornar, atesorando todo lo vivido.
Darme cuenta de todo esto tras cada desencuentro o malentendido, es honrar cada oportunidad que la Vida me presenta para seguir creciendo, aunque duela, aunque abrume. Bien está. Lo abrazo todo. Te abrazo entero. Me abrazo al completo. No excluyo nada. Todo hace parte. Todo pertenece. Me duelo, respiro, me calmo, integro, acepto, descanso y cuando puedo, continúo. Una vez más y siempre. Seguiré confiando, abriéndome, mostrándome, seguiré seguro equivocándome y pidiendo disculpas. No cejaré, no me esconderé. Estar viva aquí y ahora en esta hermosa forma humana es un regalo, mi regalo. Lo honro y lo agradezco de esta manera que sé: viviéndome sin miedo y con él, celebrándome con plenitud, consciente del Amor que me mueve y de que tú estás hecho de la misma materia que yo.

0 Comments