A veces me cuesta movilizar mi energía y me quedo atrapada en un limbo intangible, aunque para mí muy real, de parálisis, conformismo y auto-engaño.
Ya venía observándolo desde hace tiempo y la semana pasada a través de algunas vivencias concretas pude asentarlo en el cuerpo y por tanto verlo de una forma mucho más clara.
La distancia existente entre un estado y el otro es a menudo verdaderamente sutil, como lo es eso que me cuento para perpetuar el inmovilismo.
Me lo cuento, me lo creo, y de entrada parezco quedarme tranquila. Al final es ‘cómodo’ quedarme quieta, no accionar, me digo; que descansar me va bien, que es bueno para mí. Y es cierto. A veces.
otras, lo mejor que puedo hacer con mi energía es activarla, ponerla en movimiento, pasar a la acción, arriesgarme, jugar la partida que se me presenta, en lugar de retirarme sin haber olido siquiera el tablero.
El cuerpo es un gran maestro. Apunta a la necesidad y me invita a cubrirla. Si la obvio, puedo tranquilizarme desde la mente pero internamente una frustración se va acumulando.
Hace unos días, en estado de auto-observación, pude percibirme contraída, desde el rostro hasta las manos, pasando por el pecho, los brazos, el vientre. Sentí como si toda yo fuese una contracción. Y la sensación era desagradable. Dolorosa incluso.
Los deseos no abordados, las necesidades desatendidas van endureciéndose, rigidizándome, arrastrándome a no atreverme, a desconectarme de mí. Y así es inviable estar conectada con el entorno y por tanto con la Vida.
El estado se asemeja a vivir anestesiada. Si lo miro bien es incómodo, desagradable, triste. No quiero vivir así porque en verdad no soy así. Mi energía vital tiene una cualidad efervescente y limpia que quiero honrar y a la que deseo estar conectada.
Así que me puse a la tarea y accioné, me atreví, movilicé, pedí, dije, me di permiso, y observé las consecuencias. Abierta, flexible, asustada también, con pudor, torpe por momentos, dubitativa y también libre, espontánea, alegre, vibrante.
Sé que no voy a poder atreverme siempre o cada vez pero sí puedo decir que me comprometo a jugar. Se me va la vida de las manos y no quiero experimentarla a medias ni quedarme con las ganas.
Vivir es esto. Vivir es jugar. Un asunto bien serio.

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