Cuando era pequeña, al acostarme, me asustaba mucho la oscuridad y dormir sola; poco después también descubrí que disfrutaba jugando a las tinieblas, escondiéndome muy quieta, asustada también pero atenta a lo que sucedía afuera y en mí a través de otras sensaciones más allá de la vista.
Ahora que soy adulta le he cogido el gusto a transitar mis espacios sombríos y acompañar a otras personas a recorrer los suyos; a la vez me doy cuenta cómo no soporto dormir en un espacio sin luz. Se me dificulta el descanso, algo interno se inquieta.
Puedo ver ahora que estar en contacto con lo oscuro es iniciar un viaje a lo profundo, lo menos evidente, lo que en principio permanece oculto y que justo por eso da miedo. Pero no hay nada ahí que me sea ajeno, que no me resulte familiar, que no sea mío. Consciente o inconsciente, todo lo que anda agazapado en mis sombras me pertenece. ¿Qué sentido tiene, por tanto, ahora que lo sé y que además soy adulta para abordarlo, empeñarme en rechazarlo, mantenerme a distancia y mantener así el miedo que me genera, hacer como si no existiera? Mejor abordarlo, entrar en contacto con ello, atenderlo y experimentar qué sucede.
Se me hace imprescindible en estos tiempos entrar en relación con lo que voy reconociendo que me asusta, recorrer los túneles y estancias de mi inframundo. Hay algo en mí, una instancia interna, que me conduce a adentrarme en esos espacios, que me anima y me guía, que encuentra para mí los caminos, el cómo-dónde-y con quién, y gracias a esa parte mía valiente y decidida, que ya sabe y que confía, descubro la aclaradora luz que mora en la oscuridad y los contenidos tan valiosos y necesarios para mi bienestar que alberga. Al aventurarme en ellos y sólo desde esa cercanía me doy cuenta que en realidad no hay nada que temer, que el miedo previo era o una reminiscencia pasada que por no actualizarla se quedó enquistada, o un asunto inconcluso que anhela ser resuelto y liberado, o una herencia familiar a la que puedo renunciar o que puedo transformar en algo que sí me hace bien mantener.
Puedo quedarme evitativa el tiempo que precise para encontrar mi momento, el valor o el impulso necesarios, pero ahora sé que el camino no es otro que a través. Por eso voy a donde voy y hago lo que hago, siguiendo una intuición que no logro explicar desde el intelecto pero que me demuestra una y otra vez que es por ahí.
Hay mucha belleza tapada bajo lo sombrío que nos aterra. Todo un universo por descubrir colmado de claves, tesoros y posibilidades. Lealtades, creatividad, libertad, sabiduría, recursos, amor… Ya no estoy dispuesta a renegar de todo eso tan valioso que es mío, a dejarlo abandonado y desatendido. Es tiempo de reclamarme mi valor, mi riqueza, de tomar yo posesión de ello por derecho. Es mi responsabilidad y mi trabajo, mi camino y el sentido que me guía.
Oscuridad es simplemente profundidad, quitar capas, desvelar, mirar más allá, en el no espacio y el no tiempo de mi existencia que es La Existencia, lo inabarcable que está presente en una gota de agua y en la inmensidad de todo lo que es, conocido o desconocido. Oscuridad es acceso a donde siempre he estado y de donde nada puede expulsarme.
Oscuridad es luz clara que transforma el miedo en valentía, la falsedad en autenticidad y lo ilusorio en verdad pura. Sin accesorios ni trucos, sin trampas ni condiciones. Por eso me atrevo. Por eso voy y seguiré yendo.

0 Comments