Anoche volví tarde a casa sabiendo que esta vez no estarías. Y aún sabiéndolo, se me hizo extraño entrar y no verte. Te eché de menos entre tanto silencio. Extrañé tu presencia callada y la calidez de tu ser. Comí algo despacio, dejándome envolver por tu ausencia y no quise entretenerme con nada, incluso cuando al acostarme sentí la cama helada sin ti y el sueño se me resistía.
De noche, sola, en la cama, genero un espacio propicio para la indagación, y tras vencer ciertas resistencias, me coloqué en un lugar mental, y por tanto irreal en principio, en el que no ibas a volver, contactando con la posibilidad de vivir sin ti. Se sucedieron instantes de angustia intensos que fueron apaciguándose al recordar momentos pasados, irreales también por tanto, en los que me quedé sola y pude salir adelante. «Si pudiste atravesar el canal de parto en las condiciones en que lo hiciste, si pudiste llegar a la existencia extrauterina a pesar de las dificultades que rodearon tu tránsito, entonces puedes estar segura que aquí y ahora o mañana, cuando sea que se dé lo que ha de suceder, podrás también atravesarlo. Y sabes además que nunca estás sola«.
La voz que me habla desde las profundidades sale al rescate una vez más, atenta como parece estar siempre ante los vaivenes de ideas, fantasías, máscaras, interpretaciones y demás parafernalia egoica. Me recuerda que no me ausente de mí, que el miedo es un mensajero, que no me identifique, que permanezca y luego suelte, que lo deje ir todo y me quede ahí, de nuevo, saboreando cómo es, y recibiendo después la calma, el sosiego, la serenidad de estar en paz, la dicha de habitarme desde mi ser, dándome cuenta que justo eso es la libertad, que eso es la felicidad.

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