Una noche cualquiera, después de haber cenado ya, nos sentamos en el sofá relajados, la pantalla encendida, yo con un libro a mano, soltando lo que trajo el día que está cerca de expirar.
Me embarga una agradable y cálida sensación de descanso a la que me entrego sin resistencia.
De pronto, ese confort inicial se vuelve excesivo. Siento que los cojines me absorven, que el sofá tiene vida propia y una fuerza magnética, sutil y muy potente tira de mí desde el centro mismo de la tierra. Como si una pitón de dimensiones descomunales me rodease con su abrazo pausado y letal sin que apenas pueda hacer algo por zafarme.
La angustia me penetra como una vibración. Siento que me falta la respiración, que me ahogo. Tomo una, dos, tres bocanadas de aire con todo el ímpetu del que soy capaz, luchando contra la fuerza serpenteante que sigue pulsando para hundirme en el sofá y mucho más adentro.
Pero yo no quiero. Sigo empeñada en respirar, en vivir, y me parece que sola no estoy pudiendo. El aire que abarco con la boca abierta parece no ser suficiente, no me llega a los pulmones, me estoy asfixiando, me hundo, voy a morirme. Ya está.
Consigo girar mi cabeza levemente hacia la derecha y veo a mi marido sentado, tranquilo, con sus gafas puestas, atento a lo que lee y elevando la vista de vez en cuando para mirar la pantalla.
A mí no parece verme, no escucha la angustia en mi respiración limitada, no ve que me estoy sumergiendo. Logro estirar mi brazo derecho y la mano pidiendo auxilio, para que pueda agarrarla y tirar de mí, que desde fuera me ayude a salir para poder respirar.
Está a centímetros, nuestras piernas tocándose, pero ni me ve ni yo puedo alcanzarlo a él. No importa cuánto alargo mi brazo, no llego y él no se da cuenta de que necesito ayuda porque me estoy muriendo.
Entonces saco fuerzas de un lugar interno muy profundo, abro la boca una vez, inhalo cuanto puedo colmando mis pulmones de aire nuevo. Una energía roja tira de mí desde el pecho, me saca de la inmersión y me devuelve a la vida. La respiración plena aterriza a la vez que abro mis ojos y observo la escena en la que estoy inmersa, exacta a como se presentaba instantes previos. Sentada en el sofá, mi marido a mi derecha, un libro a mi izquierda, la televisión encendida.
—¿No has visto que me asfixiaba? ¿Cómo es que no me has ayudado? Te estaba pidiendo auxilio como podía.
—¿Asfixiarte? Te has quedado dormida, como tantas otras veces. Ha sido un instante.
Un instante separa la vida de la muerte, el sueño de la vigilia, la luz de la oscuridad, lo real de lo imaginario.

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