La que sabe

Jun 28, 2022

Hacía tiempo que no me sentía violentada por la acción de un hombre.

De hecho, venía explorando cómo es eso de la invisibilidad; el pasar desapercibida por el mundo para el género masculino, algo que al principio me dolió por lo que tiene que ver con mi pérdida de lozanía y frescura, y que recientemente fui descubriendo como un espacio de sosiego y serenidad al no verme ya tan pendiente de la mirada del otro y por tanto, más libre, segura y tranquila gracias a la activación de mi nuevo súper poder.

En ésas andaba cuando de repente, hace sólo tres días, se sentó a mi lado un conocido que me vomitó sin filtro alguno unas palabras cargadas de perversa lascivia. Fueron solo dos frases, pero chorreaban brusquedad e inmundicia.

Sorprendida como estaba, sentí asco y enfado.

¿Con qué derecho se cree un hombre para abordar así a una mujer? ¿De qué poder se siente imbuído? ¿O es que ante el impulso instintivo pierden contacto con la consciencia?

Sin ser ya una joven complaciente ni tampoco una niña buena pero llevándolas a ambas bien dentro y sintiéndome a su cargo, pude mirarlo a los ojos y contestarle con contundencia. La mujer madura que ahora soy tomó las riendas, desplegó su escudo mágico de férrea protección y nos puso a salvo a las tres, dejando al agresor descolocado e incluso herido. Por todas las veces en las que no pude hacerlo y en las que solo acerté a esperar el momento para huir y ponerme a salvo. Ésta, ahora sí, fue diferente.

A este señor le concedo la decencia, tras mi reacción o tal vez debido a ella, de captar el agravio al instante y disculparse por ello. Disculpas aceptadas, sí, pero el daño ya está hecho y tiene consecuencias. No porque busque castigarlo, no tengo tanto poder y posiblemente le importa bien poco. Simplemente para protegerme; ahora sabe que el escudo está funcionando y que así va a seguir un tiempo, el que yo necesite, bien visible para él y para todo aquel que se atreva a traspasar mi espacio íntimo sin que yo lo haya invitado. ¿Amistad? No, gracias. No de momento. No me interesa vincularme con un hombre así en ningún sentido. Me siento fuerte, coherente, sin miedo. Tengo todas mis armas y recursos a mano y en perfecto estado; estoy lista para utilizarlos, no en contra de nadie sino a mi favor, si vienen a importunarme.

¿Cuántas veces me he tragado el abuso? ¿Cómo he podido contener la ira que genero después? ¿Qué traumas (heridas) y cicatrices quedan marcando mi alma de mujer, mi ser, mi espíritu? ¿Hasta cuándo vamos a tener que soportar las mujeres esa visceralidad obscena por parte de hombres insensibles e inconscientes? Gestos, palabras, acciones, miradas…

No censuro su deseo, si es eso lo que les mueve, sino la impulsividad animal que se traduce en agresión, la ausencia de delicadeza, la podredumbre, la falta de respeto, de tenernos en cuenta a nosotras.

Es curioso el mecanismo que se puso en marcha en mí poco más de un día después. Me sorprendí preguntándome si había hecho yo algo concreto para darle pie, si me mostré más seductora o insinuante (son recursos propios que conozco bien, aunque en los últimos tiempos haya aprendido a darles un uso más en sintonía con mi ser) de lo que debiera, si pudo malinterpretarme porque yo no fui clara. Y una parte en mí se revolvió como una culebra venenosa que ha sido molestada en su guarida.

«¡Y una mierda! ¡Tú no hiciste nada más que ser amable! Impecable incluso. ¡Basta de disculpar al que te agrede! ¡Basta de mostrarle tanta comprensión que te dejas a ti misma sin ninguna! ¡Basta de vergüenza y de culpa! Ponte en valor y pon en valor lo tuyo. Te lo debes a ti, a esa joven y a esa niña que te habitan. Se lo debes a las hijas y a los hijos que no has tenido y que te miran desde otras realidades, con otras madres y otros ejemplos de conducta. Se lo debes a las niñas y niños que te rodean y que confían en ti, especialmente a los de tu familia, para poder ir así limpiando la mugre y el daño del abuso en tus dos linajes. Haz lo que te toca y que el otro haga lo que pueda con lo suyo, que sois adultos los dos. Cada uno que se haga cargo de su parte. Y si le duele, que se duela. Como te ha herido a ti su agresión. ¿Va a ocuparse él de la herida que te ha causado? Por supuesto que no. Eso te corresponde a ti. Igual que le toca a él rascarse si algo o todo lo que le devolviste le ha picado, si se le ha abierto su herida de depredador. ¿O es que vas a correr servicial a sostenerlo, a darle un algodoncito? ¡No! Se acabó esa mierda que solo alimenta la cadena de abuso. Quédate donde estabas justo antes de que te nublara ese manido pensamiento. Quédate en esa mujer madura, valiente, coherente, fuerte, capaz y déjate experimentar lo bien que te sientes en ella y todo lo bueno y bello que puede emanar en tu beneficio y en beneficio de los demás. Incluido él, se dé cuenta o no.»

Me desarmó su discurso. Todo lo que me devolvió es Verdad.

Las mujeres estamos hartas de encajar las agresiones de ciertos hombres. Padres, abuelos, hermanos, primos, tíos, amigos de la familia, profesores, confesores, doctores, novios, amantes, maridos, jefes… ¡Basta ya! Hagamos de una vez nuestra parte, una más activa, madura y responsable. Rompamos nosotras el eslabón de la víctima, de la cría obediente, de la mujer sometida y desposeída de poder. Vistámonos los ropajes de grandeza y potencia que nos corresponde llevar. Que a nuestro paso y en nuestra renovada presencia cada vez menos hombres se sientan con derecho a herirnos, que se miren en nuestro espejo y vean sus propias taras, sus heridas, la ristra interminable de agresores que los preceden. Que vean en la firmeza de nuestro reflejo a sus madres, abuelas e hijas, que vean a sus nietas y sobrinas queridas siendo violentadas por otros hombres que son él mismo. Que lo contemplen así de claro, descarnado, sin cerrar los ojos ni apartar la mirada. Y que encajen lo que puedan. A ver qué nace de todo eso.

Pienso qué podríamos hacer los adultos para que nuestras criaturas crecieran en el respeto y la asertividad sin transformarse en perpetradores ni en víctimas. Y lo primero que veo claro es que TENEMOS QUE PARAR DE ABUSAR DE NUESTROS NIÑOS Y NIÑAS PARA PASAR A TRATARLOS CON LA MAYOR DEVOCIÓN Y EL MAYOR AMOR DE ESTE MUNDO. PORQUE SON LO MÁS PRECIOSO Y LO MÁS VALIOSO. Y no me cabe duda que detrás de cada hombre que agrede y de cada mujer que se siente agredida hay una línea transgeneracional de casos y de historias que se remontan demasiado atrás. Tenemos que acabar con eso. Ya. Podemos ser la primera generación que se sacude toda esa bazofia de encima y se libera de esas pesadas cadenas.

Ayer volví a ver a ese hombre y, sin endurecerme ni tensionarme, estuve firme y serena, asertiva y en mi centro. Sabe que no le voy a conceder ni un milímetro, que he construido un muro innacesible entre nosotros. De momento es una consecuencia necesaria de su nefasta actuación. Así hago buen uso de otro recurso propio que antes no sabía emplear: el de decir que no, poner distancia o ponerme fría. Aquí lo utilizo no para dañar sino para protegerme.

Y poco me importa si me miran mal, si me llaman histérica, exagerada, histriónica, si me comprenden o no, si están de acuerdo conmigo. Me da exactamente igual. Yo sé quién soy y dónde estoy.

Yo soy La que Sabe.

0 Comments

Submit a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Suscríbete

Para recibir mis publicaciones por email.