Brujeres

Jun 20, 2022

Algo mágico sucede cuando nos reunimos sin prisas las mujeres.

Resulta que así, de forma natural y sin esfuerzo, generamos círculo, tomamos la cocina y los fogones y, de repente, la mesa está vestida, plagada de viandas, de colores, rebosando abundancia, calidez y exuberancia.

Improvisamos, compartimos, llevamos al centro. Entramos y salimos por corredores estrechos e invisibles a través de los cuales nos movemos libres. Creamos espacio para que quepamos todas las que somos. Ninguna que quiera estar se queda fuera.

La conversación fluye espontánea. Se suceden asuntos, turnos de palabra, silencios. Cada una tiene su lugar y encuentra espacio para expresarse. Nos ponemos a la escucha y ponemos lo nuestro en juego. Lo luminoso y lo oscuro. Lo visible y lo sombrío.

Nos protegemos unas a otras, demostramos nuestro apoyo. Derrochamos confianza. «Tus proyectos son hermosos, hermana; te deseo de corazón lo mejor; te lo mereces; cuenta conmigo; aquí estoy si puedo ayudarte en algo; cuánto siento tu dolor, tu dificultad; mucho ánimo; fuerza, hermana, tú vas a poder…»

Y luego llegan las risas. La risa sonora de las mujeres que se juntan en intimidad es puro gozo, alegría que corre liviana limpiándolo todo, dejándolo cristalino. Hay avenidas enteras, cadenas montañosas y mareas habitando la risa de las mujeres. A veces canto, a veces danza.

Hay presencia sin juicio, interés genuino, curiosidad sana, ganas de mostrar y de aprender. Piel y contacto, besos y abrazos. Tantos cuerpos como mujeres reunidas, creando una red tan flexible y resistente como los úteros que albergamos, como aquellos de los que venimos. Sin vergüenza.

Me pasa, inmersa como estoy en el encuentro, que me gustaría salirme un instante para observarnos y disfrutarnos desde fuera, vernos más claras en nuestras dinámicas y atender a los ritmos, al compás oculto. Pero suelto el deseo, no quiero perderme nada, ni marcharme la primera, ni que se vaya ninguna. Todavía no. Que no se rompa el hechizo.

Aún nos quedan palabras que elevar al cielo, tal vez alguna lágrima que liberar. Hay quien trae una canción, un concierto, una receta. Otro espacio posible en el que encontrarnos. Una recomendación, un libro. Una anécdota chistosa, humor, mucho humor. Quejas, desahogos. Una invitación.

¡Cuántos universos, qué riqueza! Llenamos el lugar que nos acoge de vitalidad y bendiciones, y al despedirnos, nos llevamos con nosotras un trocito de ese oasis creado en común, y todo lo que nos rodea en el hogar se ve tocado por el hechizo.

Por eso es justo y necesario que sigamos fomentando el encuentro, que nos prioricemos y sigamos el impulso de volver a reunirnos. Que invitemos, a veces, a los hombres y se contagien así también del encantamiento que juntas parimos.

Me desdigo. No es solo algo. No. Es todo. Todo es pura magia sin trucos cuando nos reunimos las mujeres.

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