Ganarme la vida

Nov 19, 2021

La capacidad de comunicarnos mediante la palabra es una habilidad humana. No es el único ni digo que sea el mejor lenguaje posible, pues sabemos que numerosas especies animales e incluso los árboles tienen su propio sistema de comunicación. El nuestro es el que es, y decimos que una persona es analfabeta cuando desconoce cómo leer y escribir. Poder leer y escribir nos saca del analfabetismo y nos abre la posibilidad de acceder a otros saberes. Y poder hablar es ya una cualidad comunicativa y de aprendizaje en sí misma.

Por eso para algunas personas el lenguaje es una realidad sagrada, digna de máximo respeto. Las palabras que utilizamos son importantes, el modo en que nos expresamos es relevante puesto que comunica y deja una impronta, establece sentidos, condiciona, marca el camino.

Lo que decimos y cómo lo decimos no es baladí. Tiene un impacto. Hablar, escribir, comunicarnos mediante la palabra es gratis pero mucho de lo que decimos puede salirnos caro por la impronta que puede dejar en nuestra realidad o entorno. Si te dedicas al periodismo, a la política, si eres docente, si tienes hijos, mucho más aún. Tienes una enorme responsabilidad.

Vaya esa reflexión por delante.

Porque yo amo el lenguaje y agradezco profundamente esta capacidad de comunicarme que me acerca a mi ser y a los seres de otros. Por eso me gusta fijarme en las palabras y me siento una aprendiz eterna en esta habilidad que me viene dada y que sólo yo desde mi voluntad e impulso puedo desarrollar y enriquecer.

Hace unos días pensaba en esta expresión idiomática del español, «ganarse la vida». Todos sabemos lo que significa, todos la hemos utilizado en alguna ocasión. Con total seguridad. Tiene que ver con desempeñar una tarea que a cambio nos supone una retribución monetaria, más o menos algo así.

Y yo pienso, ganarse la vida… ganarme yo la vida… ¿Desde cuándo vinculamos algo tan elemental y trascendental como vivir con el trabajo? ¿Qué tiene que ver en esencia vivir con trabajar? Si la vida es algo infinitamente más vasto y complejo que el trabajo, una actividad por cierto también meramente humana: ni los animales, ni las plantas y árboles, ni los mares trabajan, sencillamente son y viven.

Yo no tengo que ganarme la vida. La vida la gané ya al nacer, con tremenda dificultad por cierto. Ya hice mis méritos decidiendo venir, encontrando el camino, permaneciendo aquí aunque mi realidad se complique. Así me la gano cada día: eligiendo quedarme pase lo que pase, valorando su inmensidad y belleza, agradeciendo que me acoja, honrándola y honrándome a través de ella.

La vida me vino dada por alguna mágica razón y yo me entregué a ella. Me pone a prueba casi a diario porque me quiere creciendo. A eso venimos aquí: a aprender, a crecer, a recordar algo de capital importancia que olvidamos por el camino. Y todo eso sucede justo mientras vivimos.

Luego puedo o no ganar otras cosas, siempre más concretas y a menudo también más triviales: premios, dinero, distinciones…

La vida no tengo que ganármela de ninguna otra manera. La vida me la merezco.

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