Observándome todo lo que puedo, atenta a mis movimientos internos, poniendo la atención a menudo en ese hilo invisible que conecta mi cerebro racional con el corazón en el centro de mi pecho y más abajo con ese espacio poderoso en mi vientre debajo del ombligo.
Fjarme en una sola de esas tres fuentes de energía me deja a medias, especialmente si la elegida es la mente.
Abrazo y agradezco de verdad mi intelecto y la capacidad racional, analítica y de procesamiento que me ofrece, indispensable para funcionar en mi día a día. Y también puedo comprobar que a menudo se coloca en medio del escenario queriendo ocuparlo todo, como una prima donna egocéntrica y caprichosa que se siente superior al resto y en su arrogancia desprecia lo demás sintiéndose la vía y la solución.
Nunca me va bien cuando funciono así. A menudo, con ese afán de control, lo emborrona todo y encalla, dejándome paralizada y confusa, agotada y sola. Produce pensamientos recurrentes sin cesar que termino rumiando en un ciclo interminable de bucles y espirales enrevesadas y rígidas. Un laberinto de pesadilla que sin duda tiene su motor en mi cabeza pues la siento arder, palpitar, reventar de sobre esfuerzo.
Solo cuando me llevo a mí misma al límite de esos recursos mentales-racionales sobrecargados, otro de mis centros encuentra una grieta de vulnerabilidad que aprovecha para generar un movimiento desde otro lugar y restablecer así el equilibrio.
Ponerme en pie. Sacudirme. Abrirme de pies y manos, piernas y brazos, gritar, llorar, masturbarme incluso, sentarme en el suelo con la espalda recta generando un pequeño desnivel entre mi coxis y las piernas cruzadas que descansan en lo firme, sumergirme en el agua, salir al campo a caminar, tumbarme en la hierba, vomitar, defecar, sudar, depurar lo preciso a través de mis fosas nasales, descansar. Confiar.
Confiar no es algo que pueda hacer desde la mente. Como tampoco lo es digerir alimento físico, perdonar o amar. Hay procesos que suceden en otros espacios de mi ser y son tan imprescindibles y valiosos, a menudo mucho más de hecho, que aquello que mi mente puede generar y resolver.
Dejarme sentir desde las tripas la vibración, el pellizco, el calor, la expansión… Aprendiendo a mirar este funcionamiento interno para poner a cada cual en su sitio y decirle a mi mente a menudo que pare y se haga a un lado para dejar que la emoción y el instinto pongan también lo suyo al servicio. Este ser que yo soy es una novela coral con personajes varios de la misma relevancia para mi historia y con el mismo derecho a existir y mostrarse. Le pido que descanse y nos deje hacer también al resto, que tenga paciencia y suelte su afán de resolver sola. Que somos un equipo. Que abrace mi ignorancia cuando aflora, la incomodidad, el dolor físico y el emocional. Que dé un paso atrás cuando mi cuerpo mueve ficha y se deje llevar. Que disfrute de ese reposo y vea lo revelador que puede resultar delegar el mando, soltar el control, apreciar el alivio de no creer que tiene que abordarlo todo sola porque no es cierto que esté sola.
Es justo, necesario y tiene sentido hacer uso de todos los recursos que me vienen dados.
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