No puedo soportarlo más.
No puedo soportarte. Me quema tu intensidad, la insistencia de tu demanda, tu llanto martilleándome las sienes. Soy incapaz de sostener la necesidad que tienes de mí, el serte imprescindible, que dependas de lo que yo haga o deje de hacer. Siempre. A cada momento. Es demasiado. Me pesa. Me arde. Algo extraño se me revuelve por dentro.
Ya nada está bajo mi control. No llevo las riendas de nada que te sea medianamente ajeno. Ni el tiempo ni el espacio son ya míos. Ni el silencio, ni el descanso, ni la mínima quietud me pertenecen ya. Lo he perdido todo a tu favor y con ello me pierdo yo también. Lo siento. Me dejo caer en un abismo oscuro y frío sin poder evitarlo, sin lograr resistirme. La fuerza que tú generas es mucho más fuerte.
Estoy cansada. Me duelen los brazos, las muñecas, los dedos de las manos de sostenerte. Apenas como. Duermo poco y mal. Mi energía se desvanece. Sucia, agotada, abrumada, perdida, desposeída de cualquier poder. Lloro. Grito. Golpeo. Y tras mucho resistirme me doy cuenta de que sólo me queda una posibilidad: rendirme, entregarme a lo que hay, volviéndome así tal vez más humana. Y si no, desapareciendo.
Pero este demonio interno no me da tregua. Quiere verme besar el suelo, morder el polvo, que me revuelque en mi inmundicia. Quiere que me rompa en mil pedazos imposibles de ensamblar. Quiere destrozarme y no va a cejar hasta que no lo consiga.
Me persigue, me acecha se burla de mí, me golpea, me obliga a tropezar una y mil veces. ¿Qué quieres de mí? Le grito desesperada. Y no contesta. Me mira inmutable. Espera que me recomponga para asestarme otro golpe. Y yo me dejo. No puedo defenderme más. No puedo oponer más resistencia. Me entrego. Me rindo. Me muero…
Tú me ayudaste a sacarlo, a percibirlo, pero ese demonio interno soy yo, es una parte mía. Oscura, tenebrosa, pérfida, sucia, malvada, egoísta, vengativa, ponzoñosa, iracunda, agresiva. Yo también soy todo eso y a la vez, ya no soy nada.
Tras verlo así me desmorono hasta desaparecer.
No es culpa tuya. No me has hecho mas que un inmenso regalo. Me trajiste una bendición envenenada. Yo, ignorante, esperaba la bendición e ignoraba al veneno. Ahora comprendo que van de la mano.
Cuando te vayas voy a dedicar espacio y tiempo a recomponerme. Lo que sea que quede de mí, si es que queda algo, lo levantaré con cuidado y le daré su sitio, se sostenga o no.
Y te echaré de menos. Lloraré tu ausencia. Soñaré contigo y me despertaré creyendo que voy a verte, para darme cuenta después que ya no somos tú y yo, que solo estoy yo. Sola. Destrozada. Rendida. Y con mi demonio a cuestas.

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