A menudo no tengo respuestas para los por qués ni entiendo tampoco qué me lleva a elegir un camino de entre varios, una opción entre muchas otras.
Mi cabeza no lo sabe. No lo comprende. Se impacienta, se angustia. Incluso me increpa al respecto. «¿Pero qué haces? ¿Qué sentido tiene eso?». Y mi instancia interna la tranquiliza: «no te preocupes, yo me ocupo. Esto es cosa mía. Confía…»
Si mi cabeza no alcanza a agarrarlo, con más sentido aún si cabe otras personas, cercanas o ajenas, no van a apreciar las razones o el sentido que me mueven. Y está bien así. No tienen por qué entenderlo ni yo necesito explicarlo.
Lo que yo soy, aquello que movilizo, me atañe a mí y solo a mí. No soy mejor ni peor que nadie. No estoy por encima ni por debajo, ni delante ni detrás. Estoy en mi sitio, ocupo mi lugar y sigo un propósito que a veces solo intuyo, otras lo siento bien claro. Me pierdo, me desespero, me hayo de nuevo y continúo. El propósito va marcando el ritmo y la dirección.
Así que yo vivo empeñada en seguir esa brújula interna que me va revelando el siguiente tramo sobre la marcha. No sé a dónde voy. No conozco el destino. Voy reconociendo el camino a medida que avanzo. Y cuando no es así, cuando me encuentro perdida del todo, me paro, descanso, y en esa quietud las respuestas llegan.
Hago lo que hago porque el corazón me late fuerte en el pecho, la visión se me enciende y una fuerza que es interna y también viene de afuera tira de mí. Quiero seguirla, elijo hacerlo y al mismo tiempo eso es lo único que puedo hacer. Porque es mi rumbo que me llama.
Cuando me preguntas por qué y me miras extrañada al escuchar mi respuesta sospecho que no me estás escuchando a mí, que no escuchas lo que te digo desde donde te lo digo. Lo pasas por ti, por tu filtro, lo decodificas según tu criterio, lo analizas conforme a tus creencias y el resultado es un juicio de tu cosecha. Lo mío se quedó en anécdota. Y lo que me devuelves nace de ahí. Sé que es así porque yo lo he hecho igual que tú, lo veo suceder, me reconozco en tu funcionamiento.
Es natural. Es humano. Aprendimos a hacerlo así. Y sin embargo nos separa.
Yo tampoco te entiendo a veces ni me gustan tus caminos, ni comulgo con tus elecciones. Sí estoy aprendiendo a mirarte desde ti y si veo tus ojos brillar de gozo y a tu sonrisa serena y amplia entonces sabré que eso que haces te llena el corazón, que sigues tu propósito. Y si la desesperación te atrapa y te revuelca, comprenderé tu malestar y tu deseo de escabullirte, aunque sabemos que no queda otra que pasar por ahí también.
Sin juicio puedo entenderte, aunque no te comprenda. Con la mirada limpia soy capaz de ubicarte, a pesar de no haber estado nunca ahí. Desde la apertura y el respeto es fácil acoger lo que dices y lo que haces, por muy distinto que eso sea a lo que a mí me mueve.
Y todo eso nos acerca.
Tal vez no nos enseñaron a hacerlo pero podemos aprender. Si queremos. Si tú quieres.
Yo sí quiero.

0 Comments