Dualismo separador

Aug 28, 2020

Izquierdas-derechas, progresista-conservador, pobre-rico, ateo-creyente, idealista-realista, rebelde-obediente, feminista-machista, trabajador-desocupado, limpio-sucio, honesto-mentiroso, trágico-cómico, falso-verdadero…

No acabo de comprender quién se beneficia de la implantación y mantenimiento de este dualismo exacerbado, pero sí veo claro a quién perjudica: a todas las personas de a pie, las que sobrevivimos cada día y que soñamos con una existencia tranquila y justa para nosotras y para los nuestros.

Porque si nos colocamos o nos colocan (alguien, quien sea que nos juzgue o que le dé por entretenerse en definirnos) en una de esas etiquetas, automáticamente parecemos perder el derecho a explorar la otra. De pronto, nos está vedada. Posicionarnos en una nos inhabilita para tocar siquiera la otra. Tal vez porque las creemos opuestas, contrarias, y por tanto nos parece incoherente, inviable, imposible visitarlas a ambas.

Yo, sin embargo, lo que estoy aprendiendo es que son solo las dos caras de una misma moneda y que cuando una se hace visible, la otra permanece latente, tal vez en la sombra, pero ahí está, presente de una u otra manera, en una u otra medida y extensión. La mejor vista y ésa otra que resulta más incómoda de ver/mostrar/sostener. Pero estar, está.

Visto así tiene poco sentido excluir cualquier parte, la que sea. Sería como querer amputarnos un miembro de nuestro cuerpo, el que sea. Todos tienen su función y su razón de ser y de estar. Los míos y los de cada persona, incluídas las que no comprendo, con quienes no comulgo y que incluso pueden resultarme indeseables. ¿Qué dedo me corto que no me duela? Solía decir mi abuela.

Yendo un paso más allá, en estos tiempos convulsos de manipulación mediática e ingeniería social vengo observando en mí algo significativo: que cuando excluyo a un otro, cuando le coloco una etiqueta que lo desacredita creyéndome yo por encima (esto resulta una consecuencia inevitable de lo anterior), algo por dentro se me quiebra, una grieta se me abre, una fractura, un pellizco en el estómago, una contracción que no se deshace así de pronto. Y siempre es incómodo, desagradable, doloroso incluso. A menudo me arrepiento enseguida de haberlo dicho, aunque ya sea tarde.

Y de la misma manera, me duele cuando otros lo hacen, más aún si me lo hacen a mí. Sentir la exclusión es doloroso. Quedarme por fuera, sin derecho a pertenecer, en un limbo de soledad, inadecuada, rechazada, en el vacío.

Esto de posicionarnos o de colocar al otro en una u otra polaridad es casi un deporte nacional. Y en este año que corre está en pleno apogeo. Lo más actual: adjetivos como negacionista, conspiranoico, terraplanista, antivacunas, super-contagiadora… Amparados por la corriente oficialista se convierten en dardos envenenados de desprecio y desacreditación hacia la persona que van dirigidos. Cuando lo único que está haciendo esa persona, lo único que hago, además de ejercer mi libertad de expresión y de pensamiento, es cuestionar lo que la versión generalista mantiene.

¿Por qué cuestiono? Porque hay cosas que no me cuadran, que me huelen mal, porque carecen de credibilidad para mí, porque de nuevo se me coge un pellizco en el vientre y necesito deshacerlo, porque tengo dudas que se dan de bruces con la opacidad de un sistema poco humano, porque soy curiosa, porque me interesa y me atañe, porque cuestionar es un derecho, porque soy libre (todavía al menos), porque así aprendo, porque pienso. Luego existo. El día que deje de existir, como es obvio, dejaré de pensar y, por tanto, de cuestionar. Lo que significa que mientras esté viva, seguiré cuestionando lo que me plazca, le pese a quien le pese. Y además voy a dejar de asustarme por hacerlo. Voy a enraizarme y a sostener lo mío, a defenderlo, a pasarlo siempre por el filtro de mi corazón y desde ahí a liberarlo. Eso me da fuerza, genera en mí claridad, y fuerza y claridad son justo lo que preciso ahora.

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