Quédate en casa. No salgas. Está prohibido. Ni para trabajar. Tu trabajo no es esencial. Tú no eres esencial sino prescindible. Pagar tus facturas tampoco es esencial. Si no puedes, si te cuesta, pues te jodes. Haber ahorrado. Más. No esa ridiculez. Haber comprado acciones o bonos o una hucha, carajo, a mí qué me cuentas. Búscate la vida. Pide prestado. Es lo que hay. Madura de una vez.
Me da igual que andes reduciendo el uso y consumo de plástico. Tienes que ponerte los guantes, unos nuevos en cada uso, y punto. Así es. Sin rechistar. Úsalos. Y colócate la mascarilla también. Cúbrete la cara y la sonrisa, que no se vea tu mueca de dolor. No vayas dejando tus sucias huellas por ahí marcadas ni tu aliento enfermizo.
Bueno, sal para consumir. Venga. Compra. Genera dinero con ese dinero que no estás ganando. Necesitas muchas cosas, más de las que tú te crees. Y siempre con tu bozal puesto, ay, perdón, con tu mascarilla sanitaria. Es por tu seguridad y por la de todos, es para protegerte y protegernos. Sé responsable. No pienses solo en ti, piensa en los demás. Cuídate y cuidalos. O si no te castigaremos, por supuesto, qué te has creído. Las sanciones serán contundentes, no vamos a escatimar en control y persecución. Te estamos vigilando. Vemos todo lo que haces. Estáte alerta porque nosotros no bajamos la guardia.
Sí, está muy bien todo eso de que somos sociales, sociables, mediterráneos, cercanos. Nos lo pasamos por el forro. No vas a ver a tu gente, no vais a reuniros, no te acerques a ninguno de ellos, ¡ni se te ocurra tocarlos! Nada de abrazos, los besos prohibidos del todo. Mantén la distancia. Metro y medio. Mejor dos. Mira al otro como un enemigo en potencia que puede contagiarte a ti y a los tuyos. Y tú… Mírate. ¡Eres un polvorín en llamas ambulante! ¡Quieta ahí, no respires siquiera! Bueno, respira por la nariz, boca cerrada. Manos plastificadas y cubiertas de gel alcoholizado (frótatelas a conciencia díez, veinte, cincuenta veces al día, hasta que la piel se te escame, entonces sabrás que es suficiente). Boca y nariz cubiertas. Eso es. Respira tu propio dióxido de carbono, ése que es insalubre para ti (por eso tu cuerpo lo expulsa). Ya irás al médico, a la farmacia, al psiquiatra cuando todo esto termine. Si es que termina y no te has muerto, claro. Contagiada, de pena, o de una subida de bilis por sostener tanta rabia y toda la tristeza de no dejarte ser…
Ahora teletrabaja, que es un concepto muy moderno y civilizado. Curra desde casa, con los niños subiéndose por las paredes y el gato arañando los rincones. Sé productiva. Mantén tu hogar limpio y desinfectado. Cocina fresco y sano a diario. Haz ejercicio y que tus hijos hagan sus tareas, estudien, comprendan, memoricen, inventen, jueguen. Si se pelean, no importa. Aguanta. Cálmalos. Mantén tú la calma y mantenlos calmados en vuestro pisito de setenta metros cuadrados con vistas al patio de luz. Sé un mar de templanza y atiende al teléfono de buen talante, que puede ser tu jefe o un cliente o el director de tu sucursal bancaria presionando porque no estás pagando la hipoteca. ¿A qué coño te dedicas? Al banco se le paga, sin falta. Tienes que producir más, que trabajar más, que generar más dinero.
No te quejes. No te lamentes. Agradece. La vida es así. Mantente positiva. ¡Obedece, esclava! Ups… Perdón. Quería decir ¡borrega! Ay, no, lo que quiero decir es que hagas caso, mujer, que acabarás acostumbrándote. En realidad eres una afortunada y no te das cuenta. Si todo lo que hacemos lo hacemos velando por tu bienestar y el bienestar de todos. Recuérdalo siempre. Es lo único que nos mueve. Estamos aquí para servirte. Trabajamos para ti.
¡No!
¡Basta ya de tanto sinsentido! ¡Todo esto es una puñetera locura! ¡Una mentira!
¡No!
Prefiero morirme libre y viviendo a malvivir con miedo y obedeciendo.
El miedo mata poco a poco. Y la soledad también.

0 Comments