Mujer en vacío

Apr 18, 2020

Una mujer, sí, aunque se muestra incapaz de procrear, de generar y sostener en ella la vida que por naturaleza viene a desplegar.

Una mujer, sí, aunque confundida entre los impulsos que ella misma genera y los que vienen de fuera, la expectativa del otro y el deseo propio.

Una mujer, sí, aunque atrapada entre una exuberancia genuina y una voluptuosidad condicionada que esconde toda la exigencia de un sistema demandante y devorador.

Una mujer, sí, aunque buscando ataviarse de etiquetas masculinas que hacen las veces de armadura, de yelmo, de escudo castrante y protector.

Una mujer, sí, aunque perdida en un mar de profesiones, de títulos, roles y desempeños, sin hallar su vocación entre ellos, sin encajar, a oscuras.

Una mujer, sí, aunque dudosa ante sus intuiciones, temerosa de las visiones que la asaltan en mitad de la noche, desconfiada de su olfato de loba salvaje.

Una mujer, sí, aunque se trate a sí misma con dureza y no se otorgue tregua ni descanso porque encuentra, equivocada, que su valor está en hacer.

Una mujer, sí, aunque no sepa verse reflejada en todas y cada una de las mujeres-hermanas que va conociendo en el camino, y que arrastran los mismos dolores que ella.

Una mujer, sí, aunque siga tropezando y desfallezca y grite al viento que se rinde, que ya no tiene fuerza ni ánimo para avanzar ni una inhalación más.

Una mujer, sí, aunque se sienta usada, ultrajada, avasallada, infravalorada, maltratada, vejada, cosificada y se deje tratar así y sentirse así, un día y otro, en su hogar, en el trabajo, en la pareja, entre mujeres incluso.

Una mujer, sí, aunque se exprese como un hombre rudo y se mueva, cual autómata, ajena a su acompasado y rítmico movimiento interno.

Una mujer así camina forzada en un vacío que pesa y oprime desde cada dirección y en todos los ángulos. Desconfiada, temerosa, alerta, rígida, tensa, peligrosa, a un punto de estallar, a un paso de desplomarse, a un pulso de convertirse en piedra, haciendo de sí misma una escultura hermosa, inmortal, atemporal, pero una estatua inerte al fin y al cabo, fría, sin vida, inaccesible.

Una mujer así aún guarda una chispa de fuego en su interior que brilla incansable, un latido persistente y continuo que no se rinde y le insufla vida, y aliento, y empuje. Una gota de esperanza fresca y juvenil que palpita de la raíz y hasta el cielo nutriendo cada poro, cada arteria, cada célula.

Una mujer perdida en su inquietante vacío, flotando sola en la oscuridad de su sombra es una criatura al borde del renacimiento, una madre de sí misma retorciéndose en contracciones abisales para darse a luz, asistida por el cosmos y por la fuerza matriz de todas sus ancestras, pujando con ella y por ella en un parto sin principio y sin final, eterno, infinito.

Y si en mitad de ese espacio insondable esa mujer es capaz de parirse a sí misma una y mil veces en su camino, entonces ya podrá sentir que hizo su parte, que entregó lo que traía para dar, que fue amorosa, nutricia, comprensiva, fuerte, valiente, generosa. Aunque no engendre ni dé a luz a criaturas físicas, aunque parezca que no tiene oficio ni genera beneficio, aunque se sienta inadecuada y extraña y no encuentre el modo de encajar y desespere y arañe y gruña y se retire herida a la inmensidad de su gruta.

Volverá, renovada y regia, destilando lluvia y copos de luz, liberando simientes mágicas y alas firmes como sus muslos, como sus pies y sus corvas, bien plantadas en la Madre que la sostiene y le da raíz, cuerpo, alma, corazón y Vida. Digna hija de esa Madre todopoderosa que descansa en la grandeza del amor incondicional. Concebida y nacida a su imagen y semejanza. Sin tacha. Sin tara. Perfecta en su divinidad y en su humana imperfección.

Una mujer, sí. A pesar de todo o justamente por todo eso.

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